domingo, 15 de marzo de 2009

Te llamaré con el reloj parado


Como cada viernes por la tarde desde hacia años, el cartero cruzó la calle dirigiéndose a casa de su amigo.
Hacía ya mucho tiempo que ambos compartían esas tardes con largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Desde aquel día en que el amigo le invitó a que pasase a tomar un café después de haber terminado su recorrido.
Ese día estaba preocupado, quería terminar rápido la ronda para encontrarse con él. El viernes anterior le había visto ansioso, triste.
Nada mas llegar notó algo extraño: después de llamar una vez no obtuvo respuesta, llamó varias veces y llegó a asustarse pensando que le había ocurrido algo.
Finalmente escuchó unos rápidos pasos y la puerta se abrió.
Nunca había visto a su amigo de esa forma, ni siquiera le saludó, cerró la puerta y comenzó a moverse por la habitación inquieto. Tenía cara de no haber dormido en toda la noche y repetía palabras sin sentido: Estoy cansado, no pienso seguir su ritmo, ya no más, no puedo más…
¿El ritmo de quién? Preguntó el cartero, pero no contestó, seguía hablando nervioso, ausente, indignado.

La sala estaba revuelta, había papeles por todas partes: encima de la mesa, por el suelo. Todas las estanterías estaban como si acabase de ocurrir un terremoto. Parecía como si alguien hubiera registrado la casa con ansía.
Lo único que daba tranquilidad a la escena era la chimenea encendida donde unos troncos repiqueteaban al ritmo del fuego, pero esto tampoco le gustó teniendo en cuenta que era el mes de julio y fuera hacía aún calor.

No seguiré su ritmo repitió su amigo, ya no puedo más.
¿El ritmo de quién? Volvió a preguntar curioso el cartero.
Al fin le respondió aunque no sabía si para su tranquilidad o al contrario: el ritmo del tiempo, dijo.
El cartero le miró sorprendido y en ese momento por primera vez desde que había entrado en aquella casa sus miradas se encontraron, entonces se dio cuenta de que él señalaba encima de la mesa y vio que sobre ella entre todos los papeles había un telegrama.
Lo cogió y lo leyó, se trataba de una mala noticia.

No te preocupes dijo el vecino, no sólo es por eso cada día ocurre algo que me anima más a retarle, no comprendo por qué el mundo que él gobierna es tan complicado.
Me he declarado en guerra contra él, no puedo más. Me he dado cuenta de que para ser el único compañero de camino en mi vida a cada segundo me la juega: se lleva a la gente que más quieres sin avisar, coincides con la mujer de tu vida una semana antes de abandonar para siempre el lugar donde vivías hace años, te enamoras de gente que durante meses o incluso años no te corresponde y cuando por fin les olvidas vuelven al cabo del tiempo diciéndote que ya están preparados.
Dejas de ir al lugar de cada viernes y te pierdes la compañía imprevista de ese gran amigo al que ves sólo de vez en cuando.

Para tratarse del tiempo ¡no es precisamente puntual! Por eso he decidido declararle la guerra.

Sí lo pensé ayer por la tarde nada más recibir aquél telegrama con la fatídica noticia.
Me he pasado toda la noche pensando la mejor manera de retarle hasta que he decidido parar todos los relojes y quemar todos los calendarios y agendas. Removiéndolo todo, buscando alguna idea encontré antiguos listines antiguos y comencé a pasar sus hojas, fue ahí donde pensé en unir a otra gente a mi guerra, gente con la que por su culpa no pudo ser: se pasó el amor, se apagaron los brillos de las miradas o simplemente tuvimos momentos distintos y él no avisó. Quiero reencontrarme con ellos, vivir esas historias que nos prometimos y luego nunca llegaron.

Algunos me toman por loco cuando les cuento mi plan, pero otros han dicho que sí y eso me anima a seguir.

Entonces encontré el nombre de ella, estaba escrito con tinta antigua y desgastada, te he hablado muchas veces de nuestra historia ¿verdad? Hace mucho que no la veo, las únicas noticias que recibo suyas son las frías felicitaciones de Navidad que tú me traes cada año. Sé que se casó y vive la vida que se esperaba de ella en la que no hay espacio para mí.

Y ella ¿qué me dirá ella? Han pasado muchos años, ahora sólo me quedan recuerdos puntuales y vacías felicitaciones de Navidad.

Tengo muy claro lo que le diré cuando descuelgue el teléfono, sé que a pesar del tiempo reconocerá mi voz; le diré: “Ya me cansé de esperar que lleguen esos días del ayer, sé que en tu vida, hoy por hoy, no hay hueco para mí. No te llamo por el presente sino por el pasado. Estoy en guerra con el tiempo. No consigo quitarme de la cabeza el día en que me prometiste que veríamos juntos el mar.
Desafía al tiempo conmigo, para el reloj, te recojo en un minuto, vamos a volver donde lo dejamos esa vez que fue la última.
Te ofrezco vivir un día del pasado que nunca fue, frente al mar, con el reloj parado”

¿Qué me contestará?

Sé que dirá que sí, estoy convencido, pero aún no quiero llamarla, esa historia me parece un buen final. Desearía que mi vida, mi lucha acabase así: ella y yo con las manos entrelazadas mirando al mar sin decir nada, dejando que pase el tiempo, a deshora

2 comentarios:

  1. Boquiabierta y "ojiplática" que me dejas...Por lo buena que es tu historia, por la envidia que me produce que no se me haya ocurrido a mí y por lo mucho que me ha gustado,
    ¡¡¡un aplauso para Mar!!!

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