viernes, 22 de mayo de 2009

La otra bella durmiente


Por si alguien aún no lo ha leído y le apetece echarle un vistazo...Aquí lo dejo.

La princesa Sandra, única heredera del trono del reino, cumplió diecisiete años. El salón del trono se llenó de gente que quería celebrar con la familia real ese día. Ella estaba radiante, atendía a sus invitados e iba de grupo en grupo, recibía cumplidos y regalos de todos. Su alegría era contagiosa, las risas y la música llenaron todo el ambiente.
Llegó el momento de los brindis, el rey se levantó, miró orgulloso a su hija y levantó la copa, había llegado el momento de buscar un pretendiente para su hija, dijo. Durante el próximo año comenzaría la búsqueda del mejor candidato. Al año siguiente, cuando Sandra cumpliera dieciocho, se celebraría la boda.
Después de esta noticia los invitados prosiguieron con los festejos, aún más contentos que al inicio. La música volvió a sonar: bailarines, saltimbanquis y malabaristas invadieron el salón del trono. Nadie se dio cuenta de cómo la princesa se escabullía entre lágrimas.
Cuando estuvo fuera de la vista de los invitados comenzó a correr, llegó hasta la gran fuente del jardín. Las lágrimas brotaban de sus ojos sin que ella se molestase en intentar controlarlo. No se esperaba aquello, ¿cómo podía su padre haber tomado una decisión así sin consultarle? Se acurrucó en un banco. Le asustaba su futuro, había hecho tantos planes…Ninguno de ellos pasaba por casarse.
Un ruido le hizo darse cuenta de que alguien la había seguido. Una mujer le saludó con la mano mientras se le acercaba, tenía una edad indeterminada aunque parecía joven. Los rasgos de su cara eran muy marcados, pero lo que más llamó la atención de la princesa fue la profundidad de su mirada. Sabía que no podía tratarse de alguien normal, debía ser un hada o una bruja. Pero se sentía cómoda en su presencia.
-¿Quién eres? Preguntó
-Alguien que te conoce desde que estabas en el vientre de tu madre
- No recuerdo haberte visto antes por palacio
- Eso es porque normalmente vivo en los bosques.
Un resplandor que salía de sus ropas llamó la atención de la princesa, cuando esa mujer se le acercaba, el medallón que durante toda su vida había llevado al cuello se iluminaba. Entonces la princesa comprendió, tú eres el hada que me regaló este talismán. Ella asintió. Así es, aceptó. El día que te lo entregué, les dije algo a tus padres que creo han olvidado, dije que tendrías una vida llena de felicidad,
Y así me lo han transmitido, interrumpió la princesa
Lo sé, pero también dije que sería una vida fuera de lo común y eso no siempre es fácil
No entiendo, ¿por qué?
Cada uno tenemos nuestro propio destino y el tuyo será uno muy especial
Dime lo que sepas, replicó nerviosa la princesa
No puedo, deberás descubrirlo tú misma, quiero que recuerdes que si alguna vez me necesitas sólo tienes que usar tu talismán y vendré a tu lado.
Vienen tiempos complicados ahora, parece que te vas haciendo mayor e intentarán elegir los caminos por ti, sólo puedo decirte algo más sigue lo que tu corazón te marque.
El hada se acercó a ella y la besó, un olor a bosque embriagó a la princesa y ya no pudo ver nada más porque en la neblina de la noche, el hada desapareció.
La princesa volvió a la fiesta, pero ya nada era lo mismo. No podía evitar estar ajena a todas las conversaciones. ¿Qué habría querido decir? ¿cuál era el destino que la esperaba? ¿tendría ese mensaje algo que ver con el anuncio que había hecho el rey sobre la búsqueda de pretendientes? Agotada, sin encontrar respuesta a todos los interrogantes que le surgían, la princesa decidió retirarse.
Al día siguiente salieron de palacio correos del rey comunicando a todos los reinos cercanos la búsqueda de pretendientes. La noticia de la futura boda se extendió como la pólvora, a las pocas semanas jóvenes príncipes de todo tipo llegaron a la corte.
A la princesa le resultaba muy difícil llevar su vida normal, si quería salir a cabalgar, tres pretendientes se ofrecían a acompañarla. Si decidía salir a tirar con arco, todos los pretendientes intentaban protegerla para que no se hiciera daño y por supuesto convencerla para que se dedicase a actividades más principescas que no pusieran en riesgo su vida. Casi todas las noches había baile, lo que le obligaba a vestirse de señorita, trasnochar. Madrugar a la mañana siguiente era impensable, con lo que dejó de salir a cazar, andar por la montaña, pescar o hacer cualquiera de sus actividades preferidas.
Bastaron unos meses para que la princesa se sintiera prisionera en su propio castillo. Su vida cambió totalmente, un grupo de jóvenes le perseguían por todas partes. Las aficiones que antes practicaba ya no eran bien vistas. Los paseos a caballo por los alrededores fueron sustituidos por románticas caminatas por los jardines de palacio. Las salidas al mercado acompañada por la cocinera para seleccionar todo tipo de ingredientes por comidas íntimas con cualquier pretendiente. Las clases de esgrima por partidos de cricket. Para colmo de males, además de su cada vez más apretada agenda, a diario presenciaba peleas entre sus pretendientes por conseguir su atención. Pierden el tiempo- pensaba- ninguno me interesa.

La alegría que Sandra había demostrado los años anteriores se fue apagando. Andaba cabizbaja por palacio dejando que los encargados de protocolo organizaran su día a día.
La reina se dio cuenta e intentó convencer a su marido de que diera más libertad a su hija. Pero lo que ella veía como tristeza, el rey lo achacaba a la madurez de la niña.
Es normal que ahora le guste hacer otras cosas, decía zanjando así la conversación.
La reina viendo la imposibilidad de convencer a su marido, decidió hacer algo ella misma, pensó que lo que necesitaba su hija era una amiga de su edad con la que compartir ratos de diversión. Buscó entre las hijas de las damas de la corte, sin suerte, finalmente con la ayuda del hada del bosque, la encontró.
- Se llama Ana, será la dama de compañía de la princesa- lo anunció con tal convicción que el rey no pudo negarse.
Sandra no entendía en qué podía aquella joven ayudarla. De hecho vivió su presencia como otro intento de control. La joven se esforzaba por atender a todos los deseos de la princesa. Organizaba los encuentros con los pretendientes, buscaba los menús que más satisficieran a la princesa, cuidaba los aposentos de Sandra llenando cada día los jarrones de flores. Pero la princesa no parecía darse cuenta de sus esfuerzos y pagaba con ella todos los enfados que le generaba su “secuestro”. Estaba enfadada con todo el mundo, pensaba que ya habían decidido por ella la vida que tenía que vivir y nunca podría cumplir sus sueños.
Una noche en que la princesa se disponía a acostarse, Ana entró en la estancia. No sé qué más puedo hacer para satisfaceros –dijo- he pensado en dejar de trabajar para vos aunque creo que podríamos ser buenas amigas. Hay tantas cosas que me gustaría enseñaros. Entiendo que os sintáis agobiada por vuestro padre pero lo único que yo quiero es haceros feliz. Antes de que pronunciase esta frase, una lágrima cayó por su mejilla.
La princesa no sabía cómo reaccionar, en ese momento fue consciente de lo mal que se había portado con ella, ni siquiera le había dado una oportunidad.
Si de verdad quieres hacerme feliz, espérame esta noche al pie de la torre. Saldremos cuando todos duerman, no tienen por qué enterarse.
Ana dudó, sabía que si el rey lo descubría sus días en palacio habrían terminado, pero la mirada implorante de la princesa la convenció.
Allí estaré
Poco a poco el palacio se durmió, las luces se apagaron una a una. En el silencio de la noche dos sombras se encontraron al pie de la torre.
La princesa había ensillado dos caballos, le tendió las riendas a Ana y preguntó en voz baja ¿conoces el bosque gris, al norte del castillo? Ella negó con la cabeza.
Te llevaré a un sitio que nunca olvidarás.
Pasadas las murallas Sandra puso su montura a galope, Ana la siguió en silencio. Cabalgaron hasta que las luces del pueblo se perdieron en la noche. El viento era frío, sólo el sonido de los cascos rompía la tranquilidad de la noche.
Llegaron a un claro, Sandra aflojó el paso y bajó del caballo, Ana la siguió. Del claro salía un camino. Al poco tiempo les llegó un sonido de agua.
Solía venir a nadar aquí antes de que mis pretendientes no me permitieran abandonar el palacio en ningún momento, dijo Sandra. Ana se dio cuenta de que el sonido de agua venía de una pequeña cascada que estaba de frente a ellas. La luna iluminaba a sus pies una poza de agua clara. ¿Sabes nadar? Le dijo la princesa mientras se quitaba la ropa. Ana dijo que sí, pero la miró asustada, alguien podría vernos, dijo mientras observaba cómo Sandra se iba desnudando.
No vendrá nadie, afirmó ella convencida. Pocos conocen este lugar ¿vienes? Y lanzando un grito de placer Sandra se sumergió en el agua. Hay un lugar donde el agua está más caliente de lo normal, sígueme o te lo perderás.
Ana se desnudó con rapidez y se metió en el agua, la princesa nadaba, alegre, libre por fin. Ambas llegaron al centro de la poza, allí un calor surgía de las profundidades.
Nunca antes le había enseñado este sitio a nadie -dijo Sandra. ¿Te gusta? Es precioso
-dijo Ana mirándola- y la luna le da a todo un aire especial. Esto último lo dijo mirando a la princesa fijamente. Ésta notó como se sonrojaba, pensó que Ana no se habría dado cuenta pero aún así comenzó a nadar hacia la orilla.
Se secaron y volvieron donde habían dejado sus caballos.
Deberíamos irnos ya antes de que se den cuenta, dijo Ana.
Sandra negó con la cabeza, aún hay muchas cosas que quiero enseñarte, todavía es pronto. Subamos más arriba. Ana no quiso negarse, notaba cómo la princesa disfrutaba con todo aquello.
Los caballos treparon por la montaña que cada vez era más escarpada. Aquí hay una cueva preciosa, dijo Sandra. Sin bajar de los caballos entraron, la luz de la luna iluminaba el interior, estalactitas y estalagmitas lo recubrían todo.
En verano es el mejor sitio para no pasar calor.
Cabalgaron todavía algunas horas más, Sandra le enseño a Ana todos los lugares donde tanto había disfrutado en su infancia. El bosque le hacía convertirse en otra persona. La alegría había vuelto a su rostro.
Cuando el naranja del amanecer empezó a acariciar el cielo, ambas volvieron a palacio.
Dejaron los caballos en la cuadra y se despidieron. Ana le agradeció a Sandra el paseo.
No hay nada que agradecer, además mañana, repetimos.
La princesa entró en sus aposentos, se puso el camisón y se metió en la cama, pero no consiguió dormir, la emoción de todo lo vivido la mantenía despierta.
A la mañana siguiente Ana entró en la habitación para hacerle saber que uno de los pretendientes quería que la acompañase en una partida de ajedrez después del desayuno.
Sandra se vistió, y se dispuso a unirse al joven. Aunque intentó prestar atención al juego para no decepcionarle, se le caían los ojos, no era capaz de seguir la partida, ni de evitar los bostezos. Por fin el juego terminó y pudo ir a comer. Ana la miraba divertida, mientras ella adormilada, confundía un tema de conversación con otro. Finalmente los pretendientes que la acompañaban, iniciaron una discusión sobre quién tiraba mejor con arco y ella pudo escabullirse sin que se notara.
Pero su día no había acabado ahí, otro príncipe la abordó invitándole a escuchar sus poemas. Después de la comida y con el cansancio acumulado de la noche anterior, Sandra tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para fingir interés.
A duras penas consiguió acabar el día. Antes de acostarse Ana le dijo que podían dejarlo para otro día, que la veía cansada, pero Sandra fue tajante, había que continuar, hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Está bien, nos encontraremos donde anoche, esta vez seré yo quien te sorprenda.
De nuevo cogieron los caballos y se dirigieron hacia otro bosque. Ana guiaba con gran seguridad. Sandra se dio cuenta de que estaban en una parte del bosque por donde nunca había pasado. No preguntó dónde iban, quería dejarse sorprender.
Llegaron a un claro. Aún no hay nadie -dijo Ana.
¿Alguien vendrá? -Preguntó Sandra escéptica.
Claro -contestó ella-, es luna llena. Siempre se reúnen esta noche. Ayúdame cogeremos leña para empezar la hoguera.
Hicieron una gran hoguera, la gente comenzó a llegar. Contadores de historias se situaron al lado del fuego para amenizar la noche. Sandra nunca antes había escuchado relatos como ésos. Después malabaristas y bailarines salieron al centro mientras otros tocaban extraños instrumentos.
Todos son nómadas, explicaba Ana, van de pueblo en pueblo actuando y recogiendo las costumbres de las gentes. Todas las noches de luna llena se reúnen aquí y comparten lo que han aprendido. Ya sabes el bosque está lleno de misterios, sobre todo de noche, le dijo con un guiño.
Ven bailemos.
Sandra dudó, nunca antes había bailado de aquella forma, en la corte todo era mucho más frío y protocolario, pero Ana le tendió la mano con seguridad.
Te gustará le dijo, sólo hay que dejarse llevar.
La música comenzó a sonar, venía de un extraño instrumento de cuerda. Ana movía el cuerpo de una forma suave, casi sensual, las llamas la iluminaban dando un aspecto cálido a la escena. Sandra se unió, era verdad, las notas de aquel instrumento la invadieron de tal forma que sólo pudo dejarse llevar.
Bailaron hasta el alba, Ana avisó a Sandra, debemos irnos ya.
Se les había hecho bastante tarde, se arriesgaban a ser descubiertas y ninguna de las dos quería enfrentarse con la furia del rey.
Cuando llegaron era más tarde que el día anterior, algunas luces se veían encendidas en palacio, aún así consiguieron entrar sin que nadie las viera.
No te marches, pidió Sandra, quédate conmigo lo que queda de noche. Ana no se negó, ambas entraron en la habitación y se metieron en la cama. Las sábanas estaban frías, de forma natural juntaron sus cuerpos en un abrazo.
Esta vez no hizo falta ni intentar dormir, al poco rato los sonidos que indicaban que el palacio se disponía a iniciar un nuevo día empezaron.
Ana se levantó, tengo que ver tu agenda dijo, dio un beso a Sandra y salió. La princesa descansó un rato más en la cama, notaba la piel de su mejilla electrizada. Algo le pasaba con esta chica pero no era capaz de saber el qué. La imagen de su cuerpo bailando le vino a la mente, cerró los ojos para verla mejor…
Continuaron saliendo cada noche, descubriendo ambas sus aficiones y los misterios de aquellos bosques. Las dos eran felices enseñándose sus mundos. Por la noche la princesa sentía que vivía su verdadera vida, además acompañada de Ana, era imposible pensar en nada mejor.
Pero los días cada vez se hacían más duros, Sandra tenía que hacer verdaderos esfuerzos por permanecer despierta durante los cortejos de sus incansables pretendientes.
Se dormía por todas partes: montando a caballo, a mitad de conversación, en las comidas, en los recitales, bailando.
El rey comenzó a preocuparse, hizo que los médicos de la corte la examinasen pero nadie alcanzaba a saber qué tenía. Finalmente hicieron venir a un médico extranjero, éste no dudó en el diagnóstico. La princesa tenía “aburrimiento”. Aconsejó al rey que permitiese a Sandra dedicarse a otras actividades. Que la liberase de todos los pretendientes pero éste se negó. Era absurdo, nadie enfermaba por ese motivo. Enfadado echó al médico de la corte.
Sandra continuó con sus salidas nocturnas pero cada vez más el encierro de los días se trasladaba a la noche y aunque ella hacía todo lo posible por disfrutar, no era capaz. Ana estaba preocupada, le aconsejó que durmiera alguna noche, pero Sandra no quería ni oír hablar de separarse de ella. Finalmente accedió pero sólo si Ana dormía toda la noche en su compañía. Ana aceptó, en realidad ella tampoco deseaba separarse de su amiga.
Esa noche se encontraron en la habitación, Sandra había preparado unas copas de vino, ambas bebieron, brindaron por sus aventuras. Después se quedaron calladas mirando el fuego. Al rato Ana habló, creo que debo marcharme de Palacio,
¿marcharte? ¿a dónde? ¿por qué? dijo Sandra extrañada.
No sé, lejos de ti, creo que estas salidas están haciendo que enfermes y que duermas por el día. Quizá tu padre tenga razón y debas encontrar un pretendiente que te quiera, casarte y dejar estas chiquillerías.
Sandra la miró sorprendida, ¿de verdad piensas que ése es mi destino?
Ninguno de los pretendientes me aporta nada, no sé por qué he enfermado pero dudo mucho que sea por tu compañía, en realidad muchas veces he pensado que es gracias a ti que no me duermo definitivamente.
Esto lo dijo mirándola fijamente. Ana sonrió tímida, ¿cómo dices eso? El destino de una princesa es casarse con un príncipe, tener hijos, asegurar la continuidad del trono.
Que yo esté cerca de ti te aleja de tu destino.
-¿Por qué mi destino debe ser ése? Me has enseñado que mi vida puede ser distinta.
- No puedes seguir así, dijo Ana convencida, debes descansar.
- No quiero hablar más de esto, ¿te quedarás esta noche?
- Sí pero a partir de mañana las cosas serán distintas.
Sandra no dijo nada. Cogió a Ana de la mano y la acercó a la cama. Ana se dejó hacer.
Acercó su mano hasta tocar la mejilla de ésta, ¿no vas a darme un beso de buenas noches?
Ana se dispuso a hacerlo, pero Sandra desvió su cara con la mano, sus dos bocas se encontraron. Fue un beso dulce y suave. Las dos separaron levemente sus caras para mirarse. Después volvieron a besarse y no dejaron de hacerlo en toda la noche.
Cuando el sol comenzaba a iluminar por la ventana, Ana recogió sus cosas y salió de la habitación. Desde la puerta miró a Sandra, ésta dormía, por fin.
Una hora después otra de las sirvientas entró a despertar a la princesa, pero no lo consiguió, pensó que estaría cansada y la dejó un rato más, pero tampoco despertó. Las sirvientas inquietas entraban en la habitación, Sandra debía vestirse, pero seguía dormida. Alguien recordó las palabras del doctor extranjero, si no hacen algo quizá se duerma de aburrimiento y nunca vuelva a despertarse.
Avisaron a los reyes, ambos fueron a la habitación donde la princesa seguía dormida.
Con el movimiento que hubo esa mañana, nadie se dio cuenta de que Ana había abandonado el palacio.
Unos meses después le llegó la noticia, la princesa continuaba dormida. El rey desesperado había mandado llamar al médico extranjero, éste llegaría en los próximos días. Ana preocupada decidió acercarse a palacio. Nunca pensó que aquello pudiera ocurrir. Había abandonado a Sandra con la esperanza de que mejorase. Comenzó a culparse por lo que le había pasado. En esos meses no había conseguido olvidar la última noche que pasaron juntas, por mucho que se repetía que aquella relación no era lo correcto.
El médico extranjero examinó a Sandra, cuando terminó habló con tristeza. No se conoce ningún remedio a este mal. La princesa se ha dormido, ha cerrado los ojos a la vida que se le ofrecía y no quiere despertar. Lo único que conozco para intentar ayudarla ni siquiera es seguro y quizá sea peligroso.
Los reyes dijeron que querían que su hija volviera a despertar, si era otra vida la que tenía que vivir que así fuera, pero se negaban a que muriera en vida por aburrimiento.
El médico dijo: el único remedio que hay está documentado en los cuentos, otra princesa se pinchó con un huso y quedó dormida, sólo pudo despertar cuando su verdadero amor le besó.
Un gran silencio se hizo en la sala, los pretendientes se miraban unos a otros midiendo las posibilidades de cada uno. Por fin el más decidido se acercó hacia la princesa, Yo lo haré. El rey asintió. El joven besó a Sandra, pero no ocurrió nada. Uno detrás de otro fueron besando a la princesa sin que ésta hiciera el mínimo gesto. Cuando el último pretendiente lo intentó y no pasó nada, el médico extranjero dijo que quizá ese remedio fueran sólo habladurías, apenado se dispuso a abandonar la sala. Pero antes de que lo hiciera, se escucharon unos pasos decididos desde el fondo de la sala: era Ana. Se acercó a la princesa, sin importarle las miradas de todos a su alrededor.
Tocó la cara de Sandra con suavidad, le pareció como si ésta suspirase, después acercó sus labios y la besó. Sandra abrió los ojos.

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