sábado, 23 de mayo de 2009

Una española en París, capítulo 1




Un verano que fui a París a estudiar francés tuve un sueño: volver.
Y volví, me pedí una beca Erasmus, pasé la selección de las pruebas de idiomas y todo se puso en marcha.
Pero mi Erasmus no fue una beca tradicional, normalmente las Erasmus se conocían como “Orgasmus” por el desfase que implicaba salir de casa, estar con gente extranjera, montar fiestas, ligar con gente de todas partes del mundo…
Supongo que mis padres asustados por el posible descontrol y con el deseo de darme una buena formación, me buscaron el mejor lugar para protegerme de tanta locura: una residencia de monjas. Paradojas de la vida en francés este tipo de residencias se llaman Foyer, hasta aquí bien pero si lo pronuncias rápido puede sonar algo así como Foyé, aquí que cada uno saque sus propias conclusiones. En mi caso la residencia se llamaba Foyer de la Jeune Fille o como tradujimos después libremente “tirarse a la chica joven”.

Al principio cuando llamaba para confirmar la reserva, notaba que quien me cogía el teléfono tenía un extraño acento hablando francés pero no sabía decir cuál era su país de origen. Cuando llegué allí resultó que el foyer dependía de una orden de monjas de origen español. De ahí el “raro” acento.
Durante los cinco meses que viví en el foyer tuve una experiencia curiosa con el bilingüismo. Como decía la mayoría de las monjas eran españolas, además su francés era un poco deficitario. Digamos que hablaban una especie de fragnol (mezcla de français y espagnol) hasta ahí medio normal, todos cuando estamos aprendiendo un idioma nos inventamos algunos términos. Lo curioso de ellas es que a las chicas españolas que estábamos en la residencia nos hablaban en francés y a las francesas en español. Les costaba mucho discriminar y te zampaban el primer lenguaje que se les venía a la cabeza. Por nuestra parte bien porque entendíamos más o menos su fragnol peor las francesas flipaban. Había verdaderos problemas de comunicación, eso sí era muy divertido.

En cualquier caso en la residencia teníamos nuestro propio dialecto. Por ejemplo para poner la lavadora, hacían falta unas fichas que se le compraban a la hermana Sor Ángela. Las fichas en cuestión en francés se llaman Jevons que pronunciado viene a ser algo así como “lletón” pero en el dialecto interno, las monjas lo llamaban “chetones” como los chetos que tomas en las fiestas y que te dejan todos los dedos llenos de miguitas.
Total que si querías poner una lavadora o “machine a laber” (para pronunciarlo en dialecto léase tal cual) había que conseguir chetones.

Otra parte importante de la colada es tender la ropa, en el foyer el tendedero era común con lo que muchas veces te desaparecían prendas. Vamos que yo hice renovación integra de mi ropa interior. Nunca he entendido quién pudo llevarse todo aquello.
A veces venían de visita señoras que hace (la tira de) años habían estado como nosotras viviendo allí. Las buenas mujeres hacían la colada y tendían allí su ropa. La interior puedo asegurar que nunca jamás desapareció. Tenía un tamaño maxi turbo, vamos que con unas bragas y un sujetador copaban todo el tendedero.

Otro momento de la convivencia que nunca olvidaré eran las llamadas. Cada piso tenía dos teléfonos comunes, cada uno a un lado del pasillo. Cuando alguien te llamaba al foyer, la llamada entraba desde una centralita. El proceso para pasar la llamada en principio era sencillo, paso a describirlo:
Coger el teléfono y averiguar para quién es Quel Chambre? (leáse tal cual para mantener el dialecto interno)
Llamar por el intercomunicador interno a la chambre en cuestión
El intercomunicador funciona así: si lo aprietas es para hablar y si sueltas puedes escuchar al otro. Bajo ningún concepto escucharás a la otra persona si no sueltas el botón. Vamos como los walkies de toda la vida.
Una vez que confirmas que la chica está en la habitación, le pasas la llamada al teléfono más cercano de su cuarto.
Fundamental decirle a quien ha llamado lle tele pas que significa, te la paso.

¿Cómo se desarrollaban estas llamadas en el día a día? El paso 1 se llevaba a la práctica sin más problemas, pero a partir de ahí todo era un caos.
Muchas veces llamaban por el intercomunicador interno pero en vez de hacerlo al cuarto que era lo hacían al de al lado o dos más para allá. Gracias a que las paredes eran de papel y podías contestar a la llamada desde la tuya a grito pelao. En algunas ocasiones funcionaba, en otras te quedabas sin llamada.
Salvada la dificultad de que te avisasen en otro cuarto, aún había otra más compleja: hablar por el intercomunicador. Básicamente desde centralita seguían el paso tres en modo inverso esto es: para hablar soltaban el botón, con lo que no oías nada y para escuchar lo apretaban con lo que no te oían a ti.

Si conseguían realizar el paso tres con éxito, esto es aceptar que estabas ahí a pesar de no haberte localizado en la habitación de al lado y no ser capaces de hablar contigo por el intercomunicador, un teléfono comenzaba a sonar.
Comienza el paso cuatro pero el teléfono podía sonar en cualquier punta de la casa, que lo de que te pasasen al más cercano era ciencia ficción. Así que tú salías de tu cuarto, te parabas en seco e intentabas escuchar casi como superman para discriminar cuál de los seis teléfonos que había en los tres pisos estaba sonando.
Finalmente si todo este procedimiento no había agotado la paciencia de quien llamaba, conseguías hablar.

Por si no lo habéis adivinado, en esa época aún no era normal tener un móvil.

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