jueves, 18 de junio de 2009

El que espera, desespera



No entendía cómo nadie le había dicho el calor que podía llegar a hacer en aquella ciudad. Parece mentira que el de la agencia de viajes se la recomendara casi sin pestañear.

Después de bajar por una de las grandes cuestas del centro, decidió esperar en la parada a que llegase el tranvía. Se negaba a subir o caminar ni siquiera dos pasos más.

Se quedó ahí parado con expresión de pocos amigos, con el sonido de fondo de la gente charlando animada en las terrazas.

El sol caía a plomo, la parada tenía un pequeño parapeto pero no llegaba a dar sombra suficiente para toda la gente que se agolpaba esperando el tranvía. Algunos desanimados por el sol decidían continuar su camino a pie. Pero él se negaba a hacerlo. Por el número de gente que esperaba llegó a la conclusión de que no tardaría mucho en llegar el siguiente, qué equivocado estaba.


Empezó a sudar, notaba la humedad por todo el cuerpo, verdaderos riachuelos circulaban por su espalda. Al principio le produjo un cierto alivio, una sensación refrescante. Pero luego la humedad fue en aumento, sudaba de forma descontrolada, era como estas fuentes por las que cae el agua totalmente pegada a la piedra. Miró a su alrededor asustado, se dio cuenta de que se había quedado solo en la parada, quizá la gente no había aguantado la temperatura.

Era incapaz de saber cuánto tiempo llevaba allí, sentía como si su cuerpo se resbalase poco a poco camino del suelo...


A lo lejos se escucharon las campanas que anunciaban la llegada del tranvía. Dos niños corrieron detrás de él para atraparlo. Entraron de un salto, esquivando un charco que quedó justo a la entrada del tranvía. Era extraño, hacía semanas que no llovía.


No hay comentarios:

Publicar un comentario