martes, 28 de julio de 2009

Viejos catalejos


Como cada martes por la mañana acompañaba a su madre al mercadillo ambulante.
Ella le sujetaba de la mano con fuerza para que no se perdiera entre la gente, esto le hacía sentirse seguro y a la vez le alejaba de todo aquello que le causaba curiosidad.

Caminaban con rapidez hacia los puestos de fruta cuando se encontraron con alguien, su madre empezó a charlar amigablemente. Aburrido con la conversación, miró a su alrededor, fue entonces cuando le vio. Estaba sentado detrás de una mesita hecha con un maletín de viaje, le llamó la atención al instante, nunca había visto a alguien con ese aspecto, parecía sacado de una película de piratas. Mayor pero de aspecto fuerte, barba blanca con alguna sombra gris, una pipa humeante entre los dientes, calzaba unas botas altas, pantalones oscuros y una gruesa parca de piel.

El hombre levantó la mirada sin dar tiempo al niño a disimular la curiosidad que le producía. Le invitó a acercarse: puedes tocar todo lo que quieras, mirar, probar, hasta jugar, nunca verás objetos como estos. Elige el que más te guste.
Entre tantos objetos uno de ellos le llamó especialmente la atención, alargó la mano para cogerlo pero a mitad de camino se dio cuenta de que no tenía forma de pagarlo y retrocedió.
El hombre lo cogió el y le preguntó: ¿es este el que te gusta? Sí -respondió el chiquillo.
Es un catalejo, me ha acompañado en todos mis viajes, ahora está viejo como yo y tiene problemas de memoria, mira al mundo con sus ojos de antes, pruébalo.
Le tendió el catalejo, esta vez el niño no dudó, lo cogió con sus manitas y apuntó hacia una de las ventanas más altas del edificio de enfrente, la imagen que se abrió ante él era muy distinta a la que esperaba encontrar, nunca había visto nada parecido. Se trataba de un puerto de mar rodeado por una antigua muralla, aunque no había estado cerca del mar, lo conocía muy bien, había leído infinidad de libros que describían puertos de pescadores, barcos de piratas, muelles raídos y tabernas, también lo había visto en sus sueños y soñaba con verlo algún día en realidad.

Por un momento pensó que quizá el catalejo estuviera trucado y tuviera la foto en su interior y lo que aquel hombre vendían no eran más que viejos objetos sin valor. Pero al poco se dio cuenta de que las gaviotas volaban, la gente entraba por la puerta de la muralla cargada con la pesca de la tarde, hasta le pareció oír a lo lejos el canto del muecín que llamaba a la oración...

Bajó el catalejo para preguntarle a aquel hombre cómo podía ser posible, qué era ese lugar. Pero donde había estado el puesto no había nadie, el marino había desaparecido sin dejar rastro.
No pudo buscar mucho más porque su madre le agarró de la mano de nuevo y ambos siguieron camino, él apretó fuerte el catalejo contra su pecho, para no perderlo.

Al rato cuando su madre discutía con un vendedor el precio de unos tomates, alquien se le acercó y le tocó en el hombro, cuando se dio la vuelta descubrió frente a él al viejo marino. Éste se agachó y le dijo al oído: puedes quedártelo, parece que le gusta soñar contigo, ya te dije que tenía problemas de memoria, se ha negado a volver a mirar al presente. En cambio es el mejor compañero para descubrir el mundo, ya lo verás.

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