miércoles, 9 de septiembre de 2009

El verdadero sentido de la vida...


Ese día vivieron el momento más feliz de sus vidas, ¿cómo no lo habían imaginado antes? ¿cómo podían haber estado tan ciegas? Durante todos esos meses de sufrimiento teniendo que aguantar las críticas, comparaciones y mofas de los demás para ahora darse cuenta de que su existencia tenía sentido.

Cuando las fabricaron las agruparon a todas juntas, allí con sus “hermanas” se sintieron especiales. Nunca habían visto nada parecido, había cientos de ellas, en realidad nunca habían visto nada de nada. Quizá fue por eso motivo por el que se ilusionaron, además formaban parte de un gran colectivo y todas juntas seguro que podrían hacer grandes cosas. Eran jóvenes e inocentes.

Sin embargo su tiempo juntas no duró mucho, al poco las separaron en cajas por grupos de dos. Las parejas eran muy parecidas pero no exactamente iguales, eran opuestas. De hecho las colocaron una contra otra, no podían moverse, el contacto con la otra resultaba lo único agradable de toda esa situación. Es posible que esos días juntas les hicieran tomar confianza una en la otra, o quizá fuera la cercanía física…el caso es que después de esos días de reclusión, ambas fueron conscientes de que de una manera u otra su destino estaría siempre ligado.

Llegó el momento de abandonar el almacén, lo notaron al escuchar unos fuertes ruidos. El transporte hacia otro lugar fue especialmente incómodo, en la caja no había mucho sitio, si estaban quietas no se incordiaban pero con el movimiento rozaban una contra la otra y con los lados de cartón. Las dos estaban asustadas, cada una reaccionó a su manera. La que estaba a la izquierda empezó a imaginarse todos los horrores que las esperaban, los enumeró, los chilló y acabó temblando, al evocar el que sería su peor destino: desaparecer. La de la derecha se mantuvo callada, ausente, intentaba soñar con todas esas cosas tan maravillosas para las que creía que estaba destinada.
En el fondo ambas compartían el mismo temor: que su vida estuviera a punto de terminar.

De repente, todo volvió a la calma, terminaron los movimientos y de nuevo las invadió el silencio. Como habían hecho en otras ocasiones intentaron establecer comunicación con las cajas de alrededor, pero no obtuvieron respuesta ¿las habrían llevado a otro sitio? ¿Estarían ellas dos solas allí para siempre? Escucharon con atención y les pareció oír voces, pero no las de sus hermanas. El rato de tranquilidad duró poco tiempo, comenzaron a mover su caja de nuevo pero esta vez ocurrió algo inesperado: alguien abrió la tapa.

Ante ellas apareció un mundo nuevo: todo lleno de colorido y luz. También había muchos objetos, al principio no supieron reconocerlos, luego se dieron cuenta de que podían ser de su misma familia.

Unas manos entraron en su caja: sintieron el contacto con la piel del zapatero, el balanceo suave al llevarlas hacia la estantería, la caja donde habían pasado tantos días recluidas quedó lejos. Se dejaron envolver por el calor de la luz exterior y el olor a cuero. Ambas tuvieron una sensación que hacía tiempo habían dejado de experimentar: paz. ¡Qué equivocadas estaban!

La izquierda cansada de tanto viaje se quedó dormida, pero la derecha permaneció atenta observando a su alrededor. Nunca antes había visto objetos como los que les rodeaban, también estaban por pares pero no tenían nada que ver con ellas. Vio cómo los subían y bajaban de los estantes mientras la gente se las ponía en sus pies, escuchó el nombre en varias ocasiones hasta que llegó a entender que se trataba de la parte baja del cuerpo de los humanos.

Intentó entablar conversación con las vecinas pero no hubo manera. Con el tiempo descubrió por qué. Ellas eran una clase especial o mejor dicho eran la peor clase, ni siquiera llegaban al grado de zapatos, no, ellas eran sólo chanclas. La mínima expresión de un zapato, de hecho referirse a ellas como zapatos era un piropo o más bien una rareza.

El resto de los zapatos de la tienda, las excluían, las miraban por encima de la suela con aires de grandeza. Ellas llegaron a pensar que nunca las venderían, que no tendrían el gran honor de calzar ningún pie, pero un día alguien se las llevó.

En el zapatero de la casa, la recepción no fue mejor, permanecían aisladas, entristecidas al ver que el destino con el que soñaban nunca se cumpliría, realmente su función en este mundo dejaba mucho que desear. Además para aumentar su desesperación, su dueño casi no las usó el primer año, cómo iban a saber ellas que las había comprado en rebajas y que no las usaba porque llegaba el invierno.

Cada día le veían elegir un par distinto: botas, mocasines, zapatillas de deporte. Cualquiera de sus intentos por llamar la atención (caídas cerca del pie de su dueño, acercarse hacia la puerta del vestidor, ponerse encima del par de zapatos preferidos,…) se veía apagado sin más. Parecía como si no existieran para él.

Además el resto de los componentes del zapatero aprovechaban cualquier momento para despreciarlas. Opinaban que no deberían estar ahí guardadas con el resto pues eran sucias, sus suelas prácticamente no se distinguían de la parte superior, su estructura era simple y el diseño tradicional y absurdo. Quién iba a ponerse una chancla de plástico pudiendo elegir un zapato de piel.

El tiempo pasó sin que su día llegase, dejaron de intentar llamar la atención de su dueño. Perdieron la cuenta de todas las veces que él eligió otros pares, permanecían en el zapatero adormecidas intentando no llamar la atención del resto de zapatos.
Un día la puerta del armario se abrió, él se tomó el tiempo de mirar con calma y entonces reparó en ellas, las sacó del rincón y se las puso. Casi habían olvidado esa sensación, el calor de su piel en contacto con su superficie, poder chasquear al tocar su talón, sentir el suelo con el peso de todo su cuerpo sobre ellas, era como si su corazón hubiera vuelto a latir. Apagaron con su sonido rítmico las voces de los demás zapatos que no podían explicarse cómo las había elegido.

Mientras marcaban el ritmo de los pasos de su dueño, se dieron cuenta de que en los pies de las demás personas con las que se cruzaban también había chanclas. Éstas sobre todo si se trataba de pares nuevos, no reaccionaban ante el encuentro, todas parecían ensimismadas en la marcha.

Por fin llegaron a su destino era un lugar lleno de arena, su dueño las fue llevando por encima, el contacto con la arena era cálido hasta que llegaron al agua, allí en la orilla, él se descalzó. Fue tan rápido que no pudieron si quiera intentar evitarlo. ¿Qué pasaría ahora? ¿iba a abandonarlas allí a su suerte? Los nervios les impidieron darse cuenta de que a su lado a pocos metros había otro par de chanclas. Al rato, un carraspeo las sacó de su ensimismamiento: ¿no vais a saludar? Aquel día parecía estar lleno de sorpresas, era la primera vez en mucho tiempo que un par de zapatos se dirigía hacia ellas con un tono amigable.
Miraron poco a poco hasta descubrirlas allí a su lado. Eran un par de chanclas, no cabía duda, aunque tendrían bastante más tiempo que ellas. El polvo del suelo había descolorido su tono habitual. Algunos hilos se salían de su base dándoles un aspecto alocado, pero al mismo tiempo algo en ellas producía tranquilidad y confianza.

-Tenéis toda la pinta de que éste es vuestro primer paseo.
Ellas asintieron en silencio.
- Qué, ¿os ha gustado?
Les encantaría poder contestar que sí, que había sido el día más hermoso de su vida, pero permanecieron en silencio, mirando con melancolía hacia el lugar por donde hacía un rato había desaparecido su dueño.
- No os preocupéis, en cuanto terminen de bañarse volverán.
Esta última información pareció tranquilizarlas y por fin se atrevieron a hablar. Fue la derecha la que lanzó la primera pregunta.
- ¿Volver? ¿cómo sabes que va a hacerlo? Quizá quiera abandonarnos aquí, total no somos más que un par de chanclas.
La izquierda la siguió entristecida: -es cierto, donde estén unos buenos zapatos de piel.
- ¿Qué decís? ¿cómo que no sois más que un par de chanclas? ¿Quién os ha metido todas esas historias en la cabeza?
- En el zapatero, el resto de zapatos ni siquiera se dignan a mirarnos, nos desprecian -continuó la derecha.
- Sí, y además nuestro dueño nunca nos ha usado hasta hoy- añadió la izquierda.

Ambas les contaron cuál había sido su experiencia desde la compra y cómo todos los demás zapatos las habían aislado. Y lo que era peor, su dueño no se había dignado a usarlas…
- Hasta hoy- zanjaron las chanclas de playa- os han llenado la cabeza de pájaros. Esos zapatos son arrastrados y mezquinos. Aprovecharon el invierno para haceros sentir mal, no tenían derecho. Pero ahora podréis comprobar que no tienen ninguna razón, lo único que les hace comportarse así es la envidia.
El nuevo par de chanclas quedó muy sorprendido ¿cómo podía un par de zapatos envidiarlas a ellas? Si habían caído en lo más bajo, si por no tener no tenían ni tacón, eso era imposible. Observaron a sus compañeras con desconfianza, pero éstas continuaron la charla sin inmutarse.
- Hasta ahora vuestro dueño no os ha usado porque era invierno y hacía frío. Nosotras somos zapatos de verano. Eso significa que sólo trabajamos dos meses al año pero ésta época suele coincidir con las vacaciones de la gente por lo que nuestros dueños nos tienen en muy buena estima. Además si hacen viajes siempre suelen llevarnos en la maleta, probablemente el tiempo que habéis pasado en el zapatero os ha hecho apreciar el gran tamaño que tienen los otros zapatos.
Ambas asintieron sorprendidas, era cierto el resto de zapatos tenían mucho más tamaño.
- Ahora un nuevo mundo se abrirá a vuestros pies, o más bien a los pies de vuestro dueño en vuestra compañía.
- Nosotras siempre estamos en contacto con la piel directamente, nunca veréis unas chanclas con calcetines, eso va en contra de nuestra naturaleza. Además llevamos suelto el talón por lo que nos permite más libertad de movimientos, mientras andamos podemos ir a un lado y a otro explorando a nuestro alrededor. También hacemos música, nuestros golpecitos en los talones le recuerdan a nuestros dueños que es verano, que están cerca del mar. Nunca hacemos rozaduras por lo que nos quieren desde el primer día, hay zapatos que sólo se usan una vez y luego van a parar al armario toda su vida o se regalan. Y por último pero no menos importante nuestro contacto siempre es piel con piel, no hay plantillas para chanclas, nosotras siempre encajamos a la perfección. Por todos estos motivos el resto de zapatos nos envidia y por eso han intentado haceros creer todas esas patrañas, pero no os dejéis llevar por lo que digan, ahora empieza vuestro recorrido en la vida, aún tenéis mucho que andar.

No pudieron seguir hablando mucho más, su dueño salió del agua y se dirigió a ellas con rapidez. Solo pudieron despedirse y agradecer a sus compañeras la información.
Aquella tarde, del que fue el día más feliz de sus vidas, una frase resonaba en sus cabezas “aún tenéis mucho que andar”.

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