sábado, 14 de noviembre de 2009

Solo es un muñeco


Si no fuera un muñeco de celofán, conocería la palabra metamorfosis, sabría que eso es lo que le ocurre todo el rato. Incapaz de quedarse quieto, busca transformarse, pero ¿en qué? Observo sus movimientos en mi mano, se enrosca sobre sí mismo, luego vuelve a la postura inicial para después reptar hasta el borde de mi dedo índice. Casi cae al vacío si no es porque lo he rescatado a mitad de recorrido. ¿Qué pretende? ¿Qué está haciendo? ¿Qué busca con todo esto? ¿Por qué no se comporta como el resto de muñecos y se queda quieto? ¿Por qué me ha elegido a mí?
Al principio pensaba que lo que hacía no tenía sentido, pero después de mirarlo un rato, me he dado cuenta de que busca su verdadera esencia, por eso se mueve. Esta tarde me pareció que la encontraba porque por primera vez se ha quedado quieto en mi mano. Pero no estaba extendido sobre la palma, sino enroscado sobre sí mismo, se mantenía en equilibrio sobre mi palma doblado por la mitad. Sus piernas formaban una cola perfecta, los brazos apuntaban hacia arriba como si saludaran. Solo han sido unos segundos, pero lo he visto claramente: se había convertido en sirena…

El psiquiatra mira al reloj aburrido, las dos menos cuarto, ya queda menos para salir, piensa, mientras el enfermo 126 continúa hablándole sobre el muñeco de celofán. Le cuesta prestar atención a sus palabras, esa mañana han tenido que incomunicar a uno de los enfermos por agredir a una auxiliar, después un chico que acababa de ingresar ha saltado por el hueco de la escalera, aunque podía haber muerto solo se ha roto las dos piernas. Está agotado, con un gesto automático da la vuelta a la carpeta para consultar los últimos datos del paciente. Parece mentira que haya empeorado tan rápido, las últimas semanas los síntomas habían remitido casi en su totalidad, pero ahora ha vuelto a tener alucinaciones.

El enfermo 126 continúa moviendo las manos por debajo de la mesa y pregunta ¿ha visto usted alguna vez un muñeco de celofán doctor? Éste no le contesta, acaba de escribirle su futuro en un papel. ¿Lo ha visto? El doctor levanta la cabeza, no, contesta distraído, pero pregúntele a la enfermera, creo que ella lo vio recientemente.
Animado el paciente sale por la puerta, buenas tardes doctor.

Suenan las tres en el reloj de la sala, el paciente 126 respira aliviado. Desde que le quitaron las medicinas de la tarde se siente mucho mejor. Ahora puede moverse con más facilidad, permanecer despierto y pensar, ya no tiene la sensación de adormecimiento permanente. Mete la mano en el bolsillo del pantalón para sacar su muñeco de celofán pero siente unos pasos que se aproximan por su espalda, los conoce muy bien, no puede ser, es imposible, el tintineo de las pastillas en el vaso le hace dar un escalofrío.
Se levanta, se da la vuelta con rapidez y de un guantazo tira el vaso que trae la enfermera de la tarde. Desorientado corre hacia la puerta, pero tropieza y cae.

El doctor está a punto de irse cuando una enfermera le para en el pasillo, se trata del enfermo 126, se niega a tomar la medicación, quiere hablar con él, no entiende el cambio en el tratamiento. El doctor niega con la cabeza, el paciente 126 ha recaído, comunica confiado a la enfermera, traigan celadores, átenle a la camilla si es necesario e inyéctenle la medicación, sédenle, actúen según el procedimiento habitual y si no saben qué hacer consulten con el médico de guardia, buenas tardes.

Mientras los dos celadores llevan en volandas al paciente 126, algo cae de su bolsillo. El paciente 130 que observaba la escena desde un rincón, se acerca hasta allí y lo recoge, se trata de un muñeco de celofán rojo, lo deja sobre su mano y lo observa un rato, el muñeco se mueve de manera sorprendente, como si bailase. Guarda su tesoro en el bolsillo, no quiere que nadie se lo quite.

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