martes, 9 de marzo de 2010

"No estoy abandonado. Tengo dueño"





A mí los carteles de objetos que hablan me enternen un poco en general, y éste especialmente.

¡Qué orgulloso puede estar un coche de ser importante para alguien! Seguro que su dueño después de todos estos años, lo sigue abrillantando cada domingo por la tarde y a veces, cuando nadie le ve, levanta la tela que puso hace ya tiempo para cubrir los sillones de cuero no fuera a ser que se estropearan. Y pasa la mano por encima con suavidad disfrutando del tacto, luego se regaña a sí mismo por haberlo tapado, ya nunca se atreverá a descubrirlo, imagínate cómo sería si ahora de repente se estropeara. No aquel tacto era para él, algo íntimo entre la tapicería y él.

Ahora reposa inocente sobre el salpicadero un cartel que le pidió a su nieta (ella se lo hizo encantada, el abuelo le había prometido que en un futuro el coche sería para ella) un día que la grúa pasaba por el barrio y él vio a los conductores mirar su coche con cierta curiosidad, se acercó para hacerles saber que era suyo y uno de ellos le dijo: menos mal que estaba usted aquí que si no habríamos pensado que estaba abandonado.

Abandonado, ¡qué sabrían ellos de cuidar coches! si el suyo no tenía ni un rayajo y la pintura era la original...Sin embargo, al poco le entraron las dudas y el miedo, se imaginó de repente el hueco que dejaría el coche frente a la puerta de casa, no poder dar su paseo del domingo por la tarde alrededor del retiro y rápidamente llamó a su nieta y le pidió un cartel, algo sencillo, un mensaje con gancho, para que todo el mundo supiera que ese coche era suyo.



Si el viejo coche tuviera corazón, habría vivido este cartelillo como un diploma, un reconocimiento a la larga trayectoria, que él y su dueño habían compartido todos esos años.

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