lunes, 7 de junio de 2010

A mordiscos


A mordiscos desapareció el mercado, los primeros días alguna gente se paraba a mirar cómo las máquinas arrancaban muros, tubos y cristaleras sin piedad. Después ese desmonte se convirtió en cotidiano y sólo a veces se escuchaban comentarios sobre los últimos trozos que las escabarodas se habían comido.


Con cada dentellada aparecían recuerdos: las compras con mi madre, el señor del puesto de embutidos dándome un trozo de jamón, el lechero que cada vez que nos veía a mi hermano y a mí nos daba monedas de peseta para que aprendieramos a ahorrar (aún hay una hucha de un payaso con muchas de ellas en algún rincón de casa de mis padres), a Carlos el de las variantes diciendo lo rico que estaba todo, al pescadero limpiando los lenguados, al de la tienda de reparaciones observando hasta el más mínimo detalle que ocurría a su alrededor,...Y a mi madre siempre paseándose por los pasillos saludando a unos y otros, cambiando recetas, hablando de sitios donde coger setas, dándole alfajores al dependiente argentino, saltando de puesto en puesto para no perder un minuto más del necesario antes de ir a trabajar.


El mercado desaparece a dentelladas, y con él tantos lugares repletos de recuerdos.

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