sábado, 27 de noviembre de 2010

Esculturas cotidianas



Hay esculturas de todo tipo, algunas no me llaman para nada la atención, como las de mujeres enroscadas a columnas que miran hacia arriba con gesto romántico, o las de grandes jefes militares cuyo caballo se sostiene en equilibrio de manera majestuosa, o las de tamaño colosal.

A mí las que más me gustan son las cotidianas: la del señor sentado en la Plaza de la Paja que ha compartido tantos botellones, o la del barrendero de Jacinto Benavente que no consigue terminar nunca su tarea (y que desde que la familia que vivía cerca del Tribunal de Justicia en una chabola a modo de protesta, se ha trasladado a otro lugar mejor, ha comenzado a sonreir).
Me gusta también la eterna adolescente de la Plaza de San Ildefonso que se pasea desde hace años con una gran carpeta debajo del brazo, con una media sonrisa.

Esas esculturas de lo cotidiano me gustan porque están a pie de calle, cerca del suelo y del día a día.
La de García Lorca en la Plaza de Santa Ana, está sobre un pequeño pedestal quizá para llamar algo más la atención, pero es discreta, casi tanto como las esculturas cotidianas de gente anónima. A veces puedes confundirlo con un paseante más o con uno de esos mimos que fingen ser una estatua. Quizá por ese motivo el otro día cuando la vi, me pareció que temblaba, de frío.

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