miércoles, 15 de febrero de 2012

Avalancha

Su madre era una gran aficionada al juego de naipes, se pasaba las horas muertas con sus amigas, fumando y haciendo apuestas. Mientras él jugaba con las barajas antiguas a hacer castillos, ponía unas cartas  encima de otras con gran suavidad para que aguantaran en equilibrio. Cualquier movimiento, cualquier corriente, las haría caer.
Era un experto en conseguir altas torres, todo un especialista en lograr con las cartas un equilibrio estable.

Siempre fue una persona aparentemente controlada y recta, hizo lo que se esperaba de él, no se rebeló, ni luchó, ni preguntó dónde estaba su padre y por qué no podía ir al parque como los demás niños. Él supo esperar con paciencia a que llegara su momento de vivir.

Y este llegó como respuesta a un concurso en el que la madre participó, consiguieron dos invitaciones para esquiar en las montañas del norte. Ella ya mayor, le dijo que buscara a alguien que le acompañara, él sin pensarlo dos veces, se fue solo.

El primer día subió hasta la parte más alta, recordó sus torres de naipes, sus altas montañas y dejó caer la tabla sobre la zona de fuera de pista, vio las indicaciones amarillas y negras de avalancha pero no las entendía, se dejó caer en la tabla, misteriosamente mantuvo el equilibrio mientras la montaña se iba rompiendo, poco a poco, como si fuera un castillo de naipes y le hubiera dado una corriente de aire.

2 comentarios:

  1. Jo, Mar, un poco triste y desgraciada su partida. Ese "A diferencia..." es muy explicito.

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    1. Partió pero no digo adónde...

      A diferencia fuera de juego :)

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