lunes, 27 de febrero de 2012

Vecinos

Ese invierno fue frío, tanto que los viejos del lugar no recordaban uno igual. Las reservas de leña se acabaron cuando la nieve aún tapaba los caminos.

Unos y otros salían en busca de algo que quemar para poder calentar sus hogares. En la oscuridad de la noche, Raúl escuchaba los pasos blancos y acolchados de algunos rezagados que como él, aún no habían tenido suerte.

Salió del pueblo camino del río, llevaba tres horas al fresco, más por vergüenza de llegar a casa con los brazos vacíos que por creer que iba a encontrar algo.
Llegó hasta el puente de madera, quería ver el pueblo desde lejos,  entonces le pareció oír unos pasos y se acercó a la orilla. Al inicio del puente escuchó el crujir de la madera y pudo distinguir la silueta de un hombre. Era Manuel, el antiguo panadero del pueblo que agachado sobre las tablas hacía palanca con una ganzúa para hacer saltar una de ellas. Al oírle llegar, se detuvo y se incorporó.
-Por favor ¡no digas nada! Mi mujer está muy enferma.
Nada más terminar la frase, se tambaleó, Raúl le sujetó del brazo, que no era más que un hueso recubierto de carne seca. De cerca, le calculó unos ochenta años, le llevó hasta el final del puente y allí le ayudó a sentarse en una roca. Después volvió recogió la ganzúa y con movimientos enérgicos, saltó varias tablas. A los pies de Manuel hizo dos montones iguales.
Los dos acordaron dar un mismo mensaje si les preguntaban sobre la falta de tablas del puente: vieron a alguien cruzar desde la orilla opuesta, probablemente del pueblo vecino.


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