viernes, 17 de agosto de 2012

Lo que más echo de menos de estar viva es el sonido

Este mundo está lleno de silencio, de ecos, de lamentos callados, de gritos que ya no sonarán.
No sé por qué vinimos a parar a esta casa pero cuando supieron que estábamos aquí, tapiaron las puertas. Y no es que no pueda salir, en realidad podría ir donde quisiera pero algo me ata a estos muros. Esto pasa así, ahora sé que es aquí donde tengo que estar, donde me siento en paz.
Vagar, entrar en una habitación, luego olvidar donde estoy, desaparecer, para volver a asomarme cerca de la cocina. Allí no huele tampoco, hay una mujer que suele andar entre los cacharros, los coloca encima del fuego y remueve el contenido que no tienen, de vez en cuando levanta la tapa y olisquea más por costumbre que por necesidad.

Luego están los niños, esos corren a veces por el pasillo hasta una de las habitaciones que más les gusta porque todavía conserva algunos muebles cubiertos por sábanas llenas de polvo. Sé que suena a típico pero les encanta ponerse las sábanas encima y perseguirse.

La otra noche, incumpliendo lo establecido, me acerqué a una ventana del primero y la abrí, ahora llegan los sonidos de la calle y aunque nos asustan los pasos solitarios o las voces de los jóvenes, solemos congregarnos a su alrededor a escuchar.


2 comentarios:

  1. ¡Pobres almas descarriadas!
    Si tuvieran una radio, no tendrían que abrir las ventanas...
    Bromas aparte, me ha encantado.

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    1. Cierto, un amigo me dijo una vez que una forma de sentirse acompañada era escuchar la radio. Desde entonces cada mañana la enciendo y voy con ella por toda la casa.
      Me alegro de que te guste Helen Ford

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