jueves, 22 de mayo de 2014

Deja que te hable de mis sueños

Salgo del dormitorio después de dar tantas vueltas en la cama que todo gira a mi alrededor como un tiovivo, salvo por la música, no puedo oír nada. Fuera todavía es de noche, me tumbo en el sofá y miro por la ventana que parece la de mi salón pero se agranda hasta convertirse en un escenario. Del fondo cae una tela pintada con un camino y unos árboles, me acerco hasta el borde y aspiro suavemente, deseando poder estar en el campo. Entonces veo unos pájaros  volando mientras la hierba se mueve con el viento.

De repente el cielo es demasiado azul y la hierba demasiado oscura, casi negra. Por arriba todo está tranquilo sólo unas nubes de color oscuro reposan en el cielo, me fijo un poco más porque me parece que forman una unidad y no son nubes sino un gigante redondeado que se columpia allí arriba y sonríe, pero la distancia hace que pierda nitidez, entonces me doy cuenta de que el suelo se ha vuelto líquido, algunos pájaros se deslizan por el suelo con las alas extendidas como si fueran peces.

Ahora desde arriba muy cerca de donde estaba el gigante, empieza derramarse una luz roja que inunda el campo hasta convertirlo en un mar de rayos de atardecer por el que me encantaría navegar. Nada más pensarlo, mi proa se pierde entre las olas hacia el horizonte.

Tengo el casco azul y las velas hinchadas parecen dos páginas de papel, dos folios vacíos, entonces los veo sobre una mesa oscura pero no estoy sola, hay alguna gente sentada a mi alrededor, ellos me miran mientras me desperezo, ¿será esto de verdad? Pues sí, parece una clase, he debido quedarme dormida.


La profesora mira en mi dirección y me pregunta si he escrito mi último sueño, en esos segundos consigo atrapar un trozo de mar rojo, después todo se difumina en mi memoria.

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Es

1 comentario:

  1. Cuanto más soñamos, más vivimos, pues podemos sentir cosas que no alcanzamos en lo que conocemos como realidad. Me ha gustado, Mar. Gracias por compartirlo con quienes te seguimos.

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