jueves, 12 de noviembre de 2015

La visita (Polaroid nº 1)

Etiopía en Polaroids nace con la intención de recoger algunos recuerdos e impresiones del viaje.
Como las fotos hechas con una Polaroid, puede que los relatos a veces no tengan la máxima calidad o que muestren unos colores diferentes a los de la realidad. Pero no nos dejarán indiferentes.

No pretendo hacer relatos nítidos, están escritos a vuela pluma (a vuela tecla) para que no se pierdan los recuerdos ni las historias.

La visita (Polaroid nº1)

Veo el autobús alejarse dando tumbos sobre la pista y aunque al principio me pareció que podíamos perder una rueda en el desplazamiento, ahora sé que ése es el último resquicio de la modernidad que nos quedará en los próximos días en las montañas.
Siento vértigo ¡siete días allí! Luego pienso en los monos geladas, han dicho que podíamos ver alguno de camino al campamento. No esperaba que fuera tan pronto, además el guía dijo que los tendríamos muy cerca y que controláramos nuestra emoción porque a lo largo de estos días íbamos a ver muchos más.

El resto del grupo ha empezado a caminar por el sendero que bordea el acantilado, les sigo. Llegamos al primer mirador, está tan alto que las montañas que aparecen nuestros pies parecen un escenario pintado. El guía señala algunos de los pueblos al fondo del valle cuesta creer que sean reales. Están dispersos como motas de polvo en un cristal, si alargo la mano podría cogerlos con la punta de los dedos. Es curioso esto de sentirse grande y pequeña al mismo tiempo.

Continuamos la subida cresteando hasta llegar a otra terraza amplia cubierta de hierba. Aquí cambiará nuestro papel y los espectadores serán otros. Nadie nos avisa pero en ese momento cambiamos los papeles, ahora los espectadores serán otros. Acabamos de entrar en el territorio de los geladas.

Jamás imaginé que serían tantos, creo que no he visto un grupo tan grande ni en televisión. Recuerdo las palabras del guía e intento comportarme como si estuviera acostumbrada a verlos. Lo consigo durante unos segundos, justo antes de tropezar con la mirada de una de las hembras.

Me alejo de ella en dirección al grupo principal. Para fingir desinterés los voy contando mientras avanzo, habrá unos setenta. Ninguno se inmuta, sólo arrancan la hierba con unos deditos muy parecidos a los nuestros y comen impasibles. Alguno levanta la cabeza y me mira con poca curiosidad. Ellos no tienen que fingir, están acostumbrados a tener turistas cada día a su alrededor.

Tienen una presencia majestuosa que ni siquiera se altera mientras se despiojan. Éste es su medio y lo saben, si alguien sobra eres tú. Además no olvides que sólo estás aquí aquí porque ellos te lo permiten.

Los machos tienen aspecto de leones con su melena grisácea y la cola terminada en un penacho de pelos. Las hembras son más pequeña y parecerían de juguete si no fuera por su mirada. Porque te miran de reojo y reconoces sus ojos en los tuyos y también los de tus antepasados y te sabes entendida, quizá demasiado entendida.

Me separo del resto de mis compañeros. Quiero quedarme en ese grupo, acaba de venirme a la mente el recuerdo de Dian Fossey sentada entre gorilas, y me quiero sentar un momento allí con ellos.
Me siento y digo ¡Con permiso! E imagino a la mona que está a mi lado contestándome: ¡qué nos va importar mujer! Mejor eso que tanta foto, parece mentira ¡si sólo estamos cenando! Sonrío y me encuentro con la mona mirándome como si esperara una respuesta, asiento sorprendida y ella se aleja haciendo unos sonidos divertidos.

Un grupo de crías juega muy cerca del borde del precipicio, por sus carreras y saltos, deduzco que para ellas no tiene ningún riesgo. Están situadas justo en el centro del grupo, en el lugar más protegido. A mi alrededor escucho los movimientos de los adultos. Me gustaría acercarme a las crías pero no querría asustarlos o molestar. La hembra que antes se dirigió hacia mí me mira como si arqueara las cejas aunque no tiene. Interpreto el gesto, con toda claridad me dice que no tenga problema, que actúe como si fuera una más.

Espero haberla entendido bien. Me quito la mochila y la capa de agua y avanzo a cuatro patas con cuidado hasta llegar cerca de las crías. Da la impresión de que me esperan agrupadas en una roca chillando. ¿Serán nervios? No, sus ojos no son de miedo sino de emoción y esa inquietud forma parte del juego. Miro a mi alrededor, los adultos parecen tranquilos. Sobre todo el macho de mayor tamaño con el que me acabo de cruzar.

El último tramo lo hago corriendo, sorprendida por mi agilidad a cuatro patas. Cuando llego a la roca emito un chillido de satisfacción, el resto de las crías se dispersa a toda velocidad mientras miran hacia atrás. Luego se incorporan a dos patas y me chillan. ¡La ligo! De eso puedo estar segura.

Corro hacia ellos, me esquivan, damos saltos unos detrás de otros pero no tengo miedo. De hecho cojo tanta velocidad que me uno al grupo de cabeza y me subo con ellos a la roca ¡estamos a salvo! Ahora la liga otro.

Lo estoy pasando tan bien que no me he dado cuenta de que se ha hecho casi de noche. Busco al resto de turistas, ¿seguirán haciendo fotos? No, se están preparando para marcharse en dirección del primer campamento. Escucho a una de las hembras decir que ya a esa hora será el último grupo y me alegro, a veces los turistas pueden ser muy molestos.

Mis amigos se dispersan, ya no queda nadie alrededor de la roca, emito un chillido de protesta pero no es la única respuesta que escucho es la de una hembra que me parece muy grande pero amable a pocos metros de mí. Vuelve a llamarme y sé que tengo que acercarme a ella. Tiene el pecho rojo y lleno de leche, huelo su calor y me siento cansada. Me quedo quieta mirándola, ella se acerca y me atrae hacia sí, me sorprende que mi tamaño no la asuste. Al contrario me ofrece su pecho y veo que encajo allí igual de bien que las otras crías. Agarro el pezón, con mis patas, ahora son pequeñas y muy cortas. Puede que más cortas que antes...¡Qué rica está la leche! ¡Tan calentita!

Despierto con el bamboleo, mi madre ha comenzado a moverse siguiendo al resto del grupo, yo cuelgo de su pecho. Mis manitas a pesar de lo pequeñas que son me sostienen. Estamos muy cerca en el borde del barranco, el macho más grande empieza a descolgarse por la pared de roca hacia las cuevas. Tiemblo, mamá me dice que no tenga miedo que vamos a la cueva, a dormir como siempre, se incorpora y me abraza.
Antes de bajar miro hacia la explanada que ahora está casi vacía. Sólo queda un grupo de monos adultos que juega con una capa de agua. Sería divertido ir allí con ellos, pero ¡tengo tanto sueño!Bostezo y aprieto el pelo de mi madre con fuerza para no caerme.

CONTINUARÁ

***

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2 comentarios:

  1. leyendo tus impresiones de Polaroids, me he sentido transportado por un buen rato a ese majestuoso mirador de las montañas Simien, quiero pensar que estaba solo, viendo la mirada casi humana reflejada en la cara de las crías de los Gelada.
    Gracias Mar por el regalo de mi sueño.

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    Respuestas
    1. ¡Vaya qué genial que lo hayas disfrutado tanto!
      Gracias por pasar por aquí y por dejar un comentario.
      Besos
      Mar

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