jueves, 3 de diciembre de 2015

Los limpiabotas (Recortes del viaje a Etiopía 3º parte)

Esta es una historia de uno de esos círculos cotidianos que conviven con nosotros sin que nos demos cuenta. Como una tela de araña que cuelga en un rincón y nadie limpia porque no la ve o peor aún porque se ha acostumbrado a ella.
Llega el final del trekking, hemos caminado siete días por las montañas, atravesado pueblos, visto animales de ensueño, cortados imposibles y sobre todo gente recibiéndonos por todas partes.

Además de la gente que encontramos están aquellos con los que compartimos el camino, llevábamos un verdadero séquito: tres guías, un cocinero, un ayudante de cocina, tres rangers armados con Kalashnikovs, muleros y por supuesto mulas.
La última noche organizaron una fiesta de despedida capitaneados por el cocinero Malas1. Nuestro campamento estaba situado en un pueblo al borde de las montañas. Desde que llegamos estuvimos escoltados por niños y niñas. Después de la cena un grupo de ellos nos esperaba alrededor de una hoguera junto con el cocinero, su ayudante y parte de nuestro séquito.
Los chicos formaban parte de una selección hecha por el guía local y el cocinero para los bailes.

Los bailes de los etíopes, son maravillosos y sorprendentes. Comienzan moviendo los hombros hacia arriba y a los lados, cuando el ritmo de la música aumenta, se dejan llevar hasta que todo el cuerpo les tiembla como si estuvieran en trance. Se mueven con tanta flexibilidad que parecen muñecos. Me recordaban a esos hechos con piezas de plástico atadas una a otra con una goma, que mantienen su forma cuando está tensa, pero puedes soltar si aprietas un botón y entonces todas las piezas se caen como si se desarmaran. Parecería que sus articulaciones son como esas piezas de plástico que se mueven como si no hubiera normas para ellas.

La composición de la música es sencilla, hacen falta tambores hechos con garrafas de plástico, el masinqo, una especie de violín de una cuerda que produce un sonido monótono que viene y va pero que acompañado por los tambores se convierte en un latido que te lleva y te trae.

Nuestro violinista etíope tiene siete años y toca el instrumento con una energía que parecería que doblaba su edad. En mi recuerdo le veo con gafas aunque estoy convencida de que no llevaba...

Abren el baile los pequeños que a pesar de su tamaño, ya dominan el arte de mover los hombros como si no formaran parte de su cuerpo. Bailan con total concentración y muy serios. Se baila por parejas, los bailarines colocados uno frente a otro reproducen los movimientos en un trance compartido.

Además de los pequeños el resto de chicos también baila. El guía selecciona a una pareja de adolescentes que lo hace bastante bien. Contrasta su forma de vestir con la de los otros niños, más moderna quizá, o con ropa más cuidada. Aunque viéndolos bailar resulta difícil fijarse en otras cosas.

La fiesta terminó cuando nos pidieron a los españoles que hiciéramos algo y debo decir que aunque nos defendimos bastante bien cantando, no fuimos demasiado interesantes para los etíopes que poco a poco se retiraron hasta dejarnos solos, los últimos en abandonar el fuego fueron: el cocinero, el ayudante y nuestro guía.

A la mañana siguiente iniciamos la vuelta a la civilización, llegaríamos hasta un pueblo donde nos esperaba nuestro incansable autobús para continuar viaje, ahora sobre ruedas.

Antes de irnos una nube de niños revolotea a nuestro alrededor pidiéndonos cosas, en este pueblo quizá más que en otros. Alguno rebusca en las mochilas para sacar la última camiseta o unos calcetines, prácticamente ya no nos queda nada, la mayoría de las cosas que traíamos las repartimos en las zonas más alejadas.

Yo tengo todo preparado y estoy esperando al resto del grupo para hacernos la foto juntos cuando se me acerca uno de los jóvenes elegantes de ayer por la noche con una caja de herramientas en la mano. La abre y me enseña sus herramientas, es un limpiabotas.

Jamás me gustó la idea de los limpiabotas y en mi vida, hasta ese momento, he pensado en dejar que alguien me limpie los zapatos. Las sillas del limpiabotas que se ven a veces por la calle, me recuerdan a un trono y esa sensación de superioridad me repele.

El chico insiste “clean”, “madam”, al principio me niego pero es muy insistente y pienso que por lo menos así se llevará algo y acepto.

Rápidamente despliega todos sus útiles y me invita a sentarme, me niego, así a lo mejor acabamos antes. El chico se esmera, les da agua y una especie de crema que no tenía mucha pinta de ser especial para botas de montaña y las deja relucientes.
Le doy una propina y veo a su pareja de baile de la noche anterior que también carga con una caja de limpiabotas.

Empezamos el descenso, mis botas están impecables durante cinco pasos y media hora después están más o menos igual que antes. Sabía que esto iba a ocurrir, no las había limpiado para tenerlas limpias pero ahora lo noto más. Los limpiabotas, caminan a nuestro lado.

Estoy convencida de que pronto se darán la vuelta y volverán a su pueblo, pero no, una hora después de haber empezado, siguen ahí. Mi limpiabotas se da cuenta de que le estoy mirando y se acerca señalando mis botas para decirme una de las palabras mágicas del "marketing" etíope: "after". Ésa junto con "my name is...", "remember me" y "promise" son las fórmulas mágicas que usan los niños para fidelizar a los turistas. Y funcionan.

Las pronuncian con tal convicción que finalmente les terminas creyendo. Porque ellos se comprometen contigo, aunque tú no quieras, y cuando llega el momento "after" y te encuentras frente al niño en cuestión que te dice muy serio "remember me", no puedes evitar caer en sus redes...

No pienso volver a caer en el limpiado de botas, como ya he dicho, es algo que no me gusta y me hace sentir mal. Dos horas después hemos llegado hasta nuestro destino, los limpiabotas nos han acompañado, sólo pensar que tendrán que hacer el camino de vuelta cuesta arriba se te parte el corazón.

Nos paramos a tomar unas cervezas y brindar por nuestros días en las Simiens, momento que aprovechan los limpiabotas y otros nuevos que aparecen por ahí para revolotear ofreciendo sus servicios.

Se mezclan las risas y brindis con los niños correteando y los ruidos de la ciudad, algún que otro tuc tuc y la gente caminando. De repente se nos acerca un hombretón andando por la carretera y da un grito dirigido a los limpiabotas que asustados salen corriendo.

Aquel hombretón es gordo y bastante alto, medio calvo, lleva varios días sin afeitarse y unos cercos de sudor se marcan en su camiseta sin mangas bajo sus brazos rechonchos. Es de esta gente que parece que está sucia aunque acabe de salir de la ducha.

No tiene tipo de etíope, guarda pocas similitudes con los hombres estirados y fibrosos con los que nos hemos cruzado durante el viaje.

Lleva un palillo en la comisura de los labios que mordisquea con los dientes y de vez en cuando lo saca de la boca y escupe, como si fuera el malo de una película del oeste.

Casi por llevarle la contraria acepto que mi limpiabotas original, vuelva a limpiarme las botas, después de negociar con él un precio más ajustado. Hay que tener en cuenta que la primera limpieza de botas sólo ha servido para asegurar esta segunda.

Mi limpiabotas termina el trabajo y veo que se acerca hasta una esquina cercana donde le espera el hombretón apoyado contra un poste de luz y le entrega el dinero. A su alrededor se arremolinan otros chicos también cargados con cajas de herramientas.

En realidad no son del pueblo sino de la ciudad, subirían la noche anterior en busca de clientes.

El hombretón reúne a los chicos en círculo y comienza a hacer cuentas. Felicita a unos y otros con cachetes en la cara y sonriendo y hace un reparto. Después con un grito les dispersa por la ciudad en busca de nuevos turistas.

Y así se cierra el círculo, ese círculo sucio que posiblemente en el teatro del mundo queda tapado por otras historias más grandes o simplemente más vistosas.

CONTINUARÁ

Éste relato forma parte de la serie de crónicas del viaje a Etiopía, si te interesa sigue leyendo.

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¡Ah y muchas gracias a Xanti por las fotos y a Amaia por su pie!

***


1 Personaje que merece un relato por sí mismo y lo tendrá, el de cuando nos comimos un cordero a pesar de C.

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