martes, 5 de enero de 2016

El columpio (relato con vídeo incluido)



Ya es de noche en el parque, no porque sea tarde, sino porque ha comenzado el invierno.
El barrio está tranquilo, sólo se escuchan las conversaciones intermitentes en una de las terrazas de la plaza. Y abajo el ruido de los coches.

Me acerco al columpio atraída por su movimiento interminable, como el péndulo de un reloj. Avanzo hasta uno de los bancos y me siento a su espalda para mirarla balancearse.
Es una chica de unos trece años, sólo veo su espalda pero sé que está feliz, nadie que no lo estuviera conseguiría balancearse así con tan poco impulso.

Aunque no veo sus ojos, sé que es capaz de ver más allá del edificio que tiene enfrente. Ella marca con su bamboleo el ritmo de la tarde: tic, tac, tic tac. Se columpia moviendo el tiempo, como si le diera cuerda.

Es una imagen estática y a la vez en movimiento, como la del agua que pasa por un río, sabes que no va a parar de caer ¿o sí? Y te marca el paso de la vida . Es una acción en espiral, como el agua que cae por un desagüe.

Ha cogido mucha velocidad, el columpio sonríe chirriando. La capucha del jersey se balancea y se le posa en la cabeza como si hubiera decidido abrigarla, ella no hace ningún gesto para evitarlo, de manera natural con el impulso de la bajada la capucha vuelve a ocupar su lugar.

Tic, tac, tic, tac. Quizá los columpios sean puertas hacia otras realidades. Este verano vi a dos niños compitiendo en sus columpios, ambos extendían las piernas con fuerza para darse impulso, el que parecía más ágil le dijo al otro: gana quien de la vuelta completa, cuando me fui, ellos continuaban con su competición. ¿Quién no ha soñado con catapultarse desde un columpio hasta al cielo?

Yo diría que en este momento, le queda muy poco para lograrlo.

Pero ella permanece inmutable, porque no forma parte de este mundo, sólo se encarga de marcar el tiempo,como un Cronos moderno. Somos los demás los que estamos fuera de lugar, la gente charlando en la terraza, la pareja haciendo manitas en el banco, ese señor que se atreve a pasar caminando delante de ella.

De repente disminuye la velocidad y posa sus pies en el suelo. El hechizo se rompe y vuelve a ser una adolescente que se columpia en un parque, de noche, no porque sea tarde sino porque ha empezado el invierno. Con otro movimiento se vuelve todavía más humana. Saca el móvil del bolsillo central de su sudadera y lee, sé que es eso lo que está haciendo aunque no soy capaz de verlo. Sólo veo su espalda, sé que sonríe porque percibo un temblor suave. Ahora teclea un mensaje y guarda el móvil. Con un poco de impulso recupera el ritmo del balanceo y nuestro mundo vuelve a girar mientras ella espera una respuesta.

Vuelve a bajar el ritmo, saca el móvil y lee. Se repite la situación de antes, si cronometráramos el tiempo que tarda en sacar el móvil del bolsillo, y responder al mensaje, sería exactamente el mismo. Seguro que podría componerse una canción con sus preguntas y las respuestas de él, con las preguntas de él y las risas de ella.


En su casa no podrá hablar así, el resto de cosas banales se interpondrían en ella. Allí no podría esperar con esa calma sus respuestas. Además una conversación como ésa, no se puede tener con los pies en el suelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario