jueves, 11 de febrero de 2016

Cascada adacsaC

El agua cae dispersa como el polvo de un reloj de arena.

Me siento con los pies colgando en el vacío. Y escucho la cascada caer, donde todavía baja como el mechón de pelo de una diosa. Es un movimiento tan lento y constante que a veces parece como si no existiera.

Hace años que visito este valle de montañas agujereadas. Sus aguas parecen infinitas,
caen recordándome que a pesar de que esté aquí sola, del silencio y de los pájaros que vuelan sobre mi cabeza, el tiempo sigue pasando.

Si esta cascada fuera un reloj de arena llegaría a vaciarse. Que se agotara sería cuestión de tiempo. Quizá alguien descubriera la forma de darle la vuelta al reloj y el agua volvería a caer en sentido inverso.

Entonces una niña se sentaría ahí abajo, al borde del camino, a observar cómo subía el agua hasta la cima de la montaña, transformándose en una cascada cada vez más fina hasta convertirse en una hebra blanca como el mechón de pelo de una diosa.

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