viernes, 4 de noviembre de 2016

Una historia sobre París que es ficción pura

Un grupo de adolescentes se coloca alrededor del profesor, mientras éste les habla del origen de la plaza: edificada para conmemorar la victoria en la batalla de Trocadero en Cádiz, que puso fin a las guerras Realistas...

Protegido por un compañero algo más alto, se oculta un chico con gorro de lana. El rotulador hace un ruido rugoso mientras escribe la palabra "fake".

Para él no hay nada más falso que esa piedra, ni nada más real que un cuerpo deseado. Ése que desea y que probablemente, como castigo inevitable por dañar lo bello, nunca recibirá.

Desde que vio la estatua se sintió atraído hacia ella, acercó su mano pero no se atrevió a tocarla, sólo la rozó para encontrarse un tacto rugoso y frío.  Se sintió como un amante despechado, sacó el rotulador y profanó su espalda con letras rojas. Cuatro letras para escribir "falso" cuando no hay nada más real que esa belleza. ¿Qué ocurrirá con este adolescente? ¿Le descubrirá su profesor? ¿Recibirá algún castigo? No lo sabemos, tampoco nos importa porque esta no es una historia realista y él no es su protagonista.

No, la protagonista es ella, porque la ganadora de las guerras realistas en este relato, es la ficción.
Sólo habrá que esperar una noche para que desaparezca hasta la última letra roja. En cuanto los rayos de Luna toquen su cuerpo, ella se convertirá y bajará con paso delicado hasta la fuente a bañarse. Dejará que el agua vuelva a recorrer su piel ahora suave y volverá a subir a ocupar su lugar, o al menos el que ha sido su lugar en los últimos años.

En un suspiro se convirtirá en piedra cuando el primer rayo del amanecer toque su cabeza. Y volverá a mirar hacia el horizonte exactamente en la misma dirección en que otra escultura  mira hacia ella.

¿Cómo se conocieron? Quizá fueron creadas en el mismo taller o en un tiempo compartieron materia prima, o coincidieron en los sueños de quien las imaginó o simplemente se sueñan la una a la otra y ni siquiera existen...ya advertimos que en este relato gana la ficción por lo que no hay nada cierto, lo cual no significa que no haya verdad.

Creamos entonces que se saben, que se intuyen, que se miran desde hace años.
Esta podría ser la otra escultura, o no.
En la realidad es el Víctor Hugo de Rodin con sus musas
  

                                                                                                                                       

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