viernes, 20 de enero de 2017

La primera clienta de la mañana


Reflejo del Templo de Debod de esa mañana
Todavía es temprano y hace frío, camino rápido, nada más pasar el escaparate me doy cuenta de que acabo de dejar atrás la tienda. Retrocedo y me asomo, la luz está apagada, aunque en esas tiendas la iluminación es escasa. Agarro el pomo de aluminio, tan frío como la mañana y empujo la puerta. Clin, clin, clin, un sonido de campanitas riega mi cabeza mientras la puerta se abre, es un sonido acogedor muy distinto del canto eléctrico de los felpudos, ése nínaaaa que parece un quejido más que una bienvenida.

Observo a mi alrededor carcasas de móvil, protectores de pantalla y todo tipo de complementos precintados que cuelgan de las paredes como las teclas de un piano de plástico. De repente veo al dependiente mover la cabeza desde el mostrador en lo que parece un saludo somnoliento, ¿estaba ahí antes o acaba de materializarse? Quizá permanecía oculto con la privacidad que dan los mostradores repletos. 

Quiero un protector de pantalla, de esos que se pegan sobre el teléfono como si fueran un cristal. Mientras le explico saco mi móvil del bolso y se lo muestro, él lo coge y acaricia un rayajo profundo que tiene en la parte superior. Luego lo deja con suavidad sobre el mostrador y comienza a buscar entre los distintos modelos que cuelgan de un gancho a su lado.
Saco el monedero, sólo llevo un billete de cinco euros.
—¿Qué precio tiene? —
—Ocho euros
Consigo encontrar una moneda de euro, ya van seis.
—¿Puedo pagar con tarjeta? 
— No, no…
Cojo mi móvil y me doy la vuelta hacia la puerta, entonces iré a sacar, estoy a punto de decirle pero él ni siquiera me deja empezar la frase.
—Déjame tu móvil, yo puedo poner el protector de pantalla.
—Gracias, pero no tengo suficiente.
Entonces me mira, sonríe. Eres la primera clienta de la mañana, no puedo dejar ir así ¡es la tradición! Quiere saber si vivo cerca, más que una pregunta es una afirmación. Le digo que estoy de paso.
Vuelve a extender la mano hacia mí, realmente da igual lo que conteste.
—No importa, cuando vengas me traes los dos euros y listo. Dame.
Sonrío y le tiendo el móvil.
—¿De dónde eres?
Él no me contesta, ni siquiera levanta la cabeza, está sacando el contenido de la caja: además del protector, hay dos sobres de toallitas empaquetadas por separado.
—¿Cuál es tu origen?
—Bangladesh—contesta finalmente, lo hace rápido, luego vuelve a la tarea. Abre el sobre marcado con el número uno y limpia la pantalla de arriba abajo con el mimo con el que acaricia una madre. La pantalla se convierte en el suelo de una pista de baile. 
Paseo la mirada por su silla, es negra e imita a cuero, ¡deben de venir de serie con este tipo de local! Incluso el respaldo desgastado que deja entrever el relleno parece el mismo en todas. Miro al suelo esperando encontrar alguna pelusa o polvo, pero no, está tan limpio como la pantalla de mi móvil.

Ha llegado al paso más difícil, posar la pantalla protectora sobre el cristal. La separa del papel que la cubre y la deja caer mientras frota con la segunda toallita. El aire se acumula en pequeñas burbujas a lo largo de toda la superficie como si hirviera, él las va llevando hacia una de las esquinas del móvil, donde mantiene el protector separado con el pulgar. Las burbujas salen liberadas una detrás de otra. Sus manos me recuerdan a las del Señor Antonio el mecánico de Melgaço.

La primera imagen que tuve de él era a la puerta del taller, secándose las manos con un paño demasiado blanco para ser el de un mecánico.
Tengo que verlo para asegurarme pero con ese sonido, seguro que el tubo de escape. Llegamos hasta el señor Antonio gracias a la hija de la señora Rosa, la dueña de la funeraria. En Portugal todo el mundo se llama señor y señora lo que le da una formalidad antigua al trato. Le preguntamos por un taller a la hija de la señora Rosa, la hija llamó a la madre, la madre pidió un minuto y caminó hasta el taller del Señor Antonio para ver si estaba disponible, y éste, por supuesto, dijo que sí.

Vayan a tomar un café y yo les llamo en un momento. A la vuelta nos invitó a bajar al túnel para mostrarnos la avería. Esos túneles que parecen pozos y que cuando te piden que metas el coche dan como vértigo. Desde ahí nos explicó, como si fuera un cirujano a punto de hacer una gran intervención, que iba a soldarlo por allí y por allá y que tardaría algunas horas. 

Pasamos el día paseando y charlando por Melgaço, hubo más charlas que paseos porque el pueblo rápidamente se nos agotó. Por la tarde, el señor Antonio nos avisó. Le encontramos de nuevo en la puerta con su paño. Nos acompañó dentro y posó la mano sobre el capó mientras contaba la reparación. Antes de separarse del coche, le hizo una caricia suave, de esas tímidas de amantes que se saben observados, y mirando al suelo dijo que le había puesto aceite. Seguro que le puso el mejor.

"Es un buen teléfono" me dice el dependiente. Sonríe y le hace una caricia parecida a la del señor Antonio. Luego mira el protector de pantalla que acaba de colocar, y señala una mancha. Escucha, cuando vuelvas a traerme los dos euros, te cambio el protector, tiene una mancha ¿ves? Tú vienes y yo te pongo una nueva. Vuelve a rebuscar entre los modelos que cuelgan, ahora no tengo más de la tuya ¿ves?, cuando vuelvas yo la cambio. 

Le doy las gracias y le pregunto su nombre, dice que se llama Simón aunque no creo que ese sea su nombre real, me da la sensación de que se lo ha cambiado para ponérselo fácil a quien le llama, es ése tipo de persona.


La tienda de Simón está en la calle Luisa Fernanda de Madrid en la acera de la derecha según vas hacia el templo de Debod. Si pasáis por allí, enviarle un saludo de mi parte, hay varias tiendas de este tipo pero si tiene que ser entraréis en la suya.

*** 
Ese ritual, esa atención tan oriental, me recordó a uno de mis libros preferidos, es un libro oriental, lleno de cuentos que me regaló mi amiga Isabel, se llama "Narradores de la noche" de Rafik Schami. Uno de los capítulos que más me gustan es el que está dedicado a un emigrante. El autor conoce bien esta realidad porque él emigró a su vez aunque ahora quizá después de tanto tiempo haya pasado a ser mestizo: medio alemán, medio sirio. De hecho la edición de mi libro está traducida del alemán. He descubierto hoy que su nombre es un seudónimo que significa:  amigo de Damasco. El autor es un árabe de pura cepa, como él dice en este capítulo, en su familia habrá habido un poeta en cada generación y él es poeta en la suya.

El capítulo cuenta la historia de Tuma el emigrante, un hombre que salió de Latakia saltando al mar a pesar de que no sabía nadar, huyendo de una guerra que no es la de ahora, y consiguió llegar hasta América. 
He buscado Latakia en wikipedia para encontrarme con una ciudad hecha jirones, sirva este pequeño texto como un recuerdo para sus habitantes con mis mejores deseos.
Tuma les cuenta algunos datos de su vida en América:

—Estoy seguro de que no creeréis que los americanos no regatean nunca
—Si no regatean ¿qué hacen? ¿matar moscas? —se indignó Isam
—No, pero tú vas a un shop , miras las etiquetas de los precios, pagas y te vas. 
—Ahora estás exagerando —protestó Isam...

Después el emigrante relata que cuando hablaba el idioma lo suficiente como para entenderse fue a "un gran almacén de seis pisos. Allí encuentras de todo: ropa, comida, juguetes, telas, pintura y aparatos de radio". Uno de los amigos le dice "eso es un bazar" y se sorprende de que todas las tiendas estén amontonadas en una casa de varios pisos en lugar de formando un barrio. 
Tuma le contesta: "Sí, un bazar dentro de una casa, sólo que no puedes regatear. Sé que no me creéis..."Está cansado de que le tomen por mentiroso pero ésta vez tiene un buen motivo para contar esa historia. Así que continúa contando cómo le preguntó a una dependienta por el precio de una chaqueta, y ella le dijo que era el precio que ponía en la etiqueta. 
El emigrante inició una conversación imposible: "pero la vida es un diálogo, pregunta y respuesta, dar y tomar..." Puede que la vida sea un diálogo, en este caso se convierte en el diálogo entre dos mundos que termina con el desconcierto mutuo y que os animo a leer (junto con el resto del libro). Sólo reproduciré el párrafo final que me gusta especialmente:
«Son cincuenta. Coge la chaqueta o déjala, gimió impaciente.
Yo me puse furioso. Pero seguí el consejo de mi padre. Una vez me dijo: "Si un comerciante es tan tonto de negarse a hacer concesiones en el precio, elevas tu oferta un poco y dices, me marcho. Si es tan tonto que no reacciona, entonces echas a andar lentamente. No te des la vuelta. ¡Eso ya lo dice la Biblia! Seguro que él te llamará y bajará el precio". ¡Pobre padre mío, él no ha vivido en América! Así que subí la oferta a cuarenta dólares y le dije a la vendedora: "Si no quieres hacer un negocio en este día, iré a otro comerciante y compraré la chaqueta allí por veinte dólares". Dejé caer la chaqueta y me fui sin darme la vuelta. En Latakia o en Damasco me habrían llamado todos los comerciantes y habrían intentado salvar el negocio, pero ella no me llamó. En treinta años no me llamó nadie. Desistí de regatear.»
En mi recuerdo en este momento Tuma decía que en su vida se había sentido tan solo, pero al releer el libro hoy veo que su narración termina aquí, supongo que esa sensación de soledad que está implícita en la historia.                             Para cerrar estas dos historias, o mejor dicho para continuarlas porque las historias siempre llaman a historias, os dejo esta escena maravillosa del regateo en Vida de Brian.

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