sábado, 21 de octubre de 2017

El peregrino

Estos son solo pasos
 de un peregrino errante.
Los caminos que no me pertenecen,
Las palabras prestadas que los días
dejaron en mi oído.
Ángeles Mora


Nos cruzamos en la escalera del albergue, me llama la atención su forma de bajar, estudiando cada paso, como si siguiera un manual de instrucciones.
Un peldaño, stop, colocar un pie junto a otro, stop, nuevo peldaño, de nuevo stop. Cada movimiento asegurado con la mano firme en la barandilla. ¿Cuenta los pasos?, ¿los escalones?, ¿los centímetros de barandilla recorrida?

Llega a tierra firme, fin del peligro, aun así, permanece con las piernas flexionadas. Entonces reparo en sus botas, unas botas altas de montaña que le dan un aspecto de niño tirolés. A la entrada del albergue, los peregrinos seguimos el ritual de cambiarnos el calzado, después de jornadas de 25 kilómetros, puede ser el mejor momento del día. Pero él, a esas horas continúa con sus botas, a pesar de que por debajo de los calcetines lleva ambos pies vendados.

Voy a la habitación para dejar la mochila y ducharme. Bajo al rato, el sonido de una vieja guitarra me atrae hacia la sala, una chica toca en el sofá, un poco más atrás un grupo conversa en inglés, y en el rincón una pareja apura una botella de vino.
No está en la sala grande. Lo encuentro cinco, o seis pasos más allá de donde lo dejé. De pie delante del banco cercano al comedor. Parada, inclinación, flexión de piernas y por fin, se sienta, sorprende que no cruja al moverse. Levanta la cabeza, nuestros ojos se cruzan, pienso que va a saludarme, me equivoco, su trayectoria visual continúa hasta el reloj.

Lleva el pelo recogido en una coleta larga y rubia, tiene los hombros levantados en un gesto interrogante. Me mira, más bien mira mi cintura que queda a la altura de sus ojos entreabiertos, pero no me ve. Quizá esté loco, o muy cansado.
Le saludo, levanta unos milímetros las cejas.  No quería molestarte, digo sin pensar, tranquila vi tus pies desde el principio, contesta él impasible. Antes de que pueda entender qué ha querido decir, me pregunta muy despacio: ¿necesitas algo?

Esperaba otro tipo de pregunta como: ¿llevas mucho caminando?, o ¿desde dónde vienes? Habla con un acento extraño, quizá haya hecho una traducción literal de su idioma. Todo bien gracias, ¿y tú? No contesta, sólo resopla y baja la cabeza. Fin de la conversación. Vuelvo a la sala, elijo un libro al azar y me siento en uno de los sillones del fondo desde el que puedo observarle sin ser vista. Él permanece en stand by.


Suena el timbre de la cena, se levanta, se coloca delante de la puerta del comedor. Me admira su precisión, debe ser alemán. Se acercan otros peregrinos, conversan entre ellos, él espera en silencio. Me coloco también en la fila, no quiero perderle de vista. Abren, camina hacia la barra del buffet, coge una bandeja, vaso, cubiertos, con movimientos precisos, quizá le duela cada uno de ellos.
Avanza con pasos laterales, desplaza la bandeja con las dos manos sobre la plataforma. Alarga un brazo, coge una ensalada, avanza, coge un postre, avanza, se detiene, no hay motivo para hacerlo ahí, no tiene comida que elegir, la fila se detiene tras él. Mira a derecha, mira a izquierda, resopla y mueve ligeramente la bandeja hacia la izquierda, choca con la bandeja del vecino, de nada sirven sus quejas, resopla, da un paso pequeño lateral hacia la izquierda, el vecino se ve obligado a echarse para atrás para dejarle retroceder, el peregrino ocupa su lugar y avanza un pasito más hacia la izquierda, su nuevo vecino se aparta también, así hasta tres. Quedan los otros peregrinos en fila perpendiculares a la barra a la espera de que avance hacia el lado correcto. Algunos observan otros se quejan, él alarga un brazo, coge un trozo de pan, lo coloca en la esquina de la derecha, resopla, y vuelve a avanzar en la dirección correcta.

Se sienta solo, las mesas se llenan, la suya también, come en silencio, en orden: tic, tac, tic, tac, levanta y baja el tenedor acompasado con el reloj del vestíbulo.
No lo soporto más, no quiero seguir mirándole, abandono, me voy al jardín, me tumbo y miro las estrellas hasta tarde. Camino de mi habitación, me cruzo con él en la salida del comedor, una mujer cierra la puerta a su espalda enérgicamente, al poco, se apagan las luces. Subo las escaleras de dos en dos.
A la mañana siguiente me obligo a no mirarle, se llevará su misterio con él, hoy es mi día de vuelta y no andaré más. Consigo evitarle hasta la puerta, donde me doy de bruces con él, le cedo el paso, a él y a un grupo de peregrinos para perderle de vista. Imposible, se ha puesto en cabeza y la calle es tan estrecha que no se le puede adelantar, avanzamos las hormigas en procesión, él marca el ritmo hasta que salimos a una plaza, y el atasco se rompe.

Sólo quiero un sitio donde tomar un café tranquila pero el pueblo es pequeño y volvemos a encontrarnos. Un paso, dos pasos, son quince pasos desde el albergue hasta aquí me dice con una media sonrisa. Me lanzo, le pregunto: ¿Cómo te apañas?, ¿cómo son tus etapas?, ¿te encuentras bien? Él sonríe y continúa caminando.

Ahora sí que me rindo, le dejo marchar, sin despedirme y me dejo caer en una silla de una terraza. Mirarle, me provoca sufrimiento, admiro su arrojo, su locura o lo que sea que le mueva a continuar. Yo necesito un café. Le pido al camarero un cortado y el periódico. Cuando me levanto para irme, estoy convencida de que por lo menos habrá salido del pueblo pero no, me lo encuentro sentado en la parada, esperando tranquilamente el autobús.








No hay comentarios:

Publicar un comentario