martes, 14 de noviembre de 2017

Zarzura

Sabes que éste es tu destino, aunque no recuerdes cuándo empezaste este viaje ni por qué.
Si has llegado hasta la ciudad blanca es porque te has perdido, o quizá sólo estés soñando. Muchos antes que tú lo intentaron y no encontraron más que arena y silencio.

La reconoces en el eco del cuento antiguo: la paloma labrada en el dintel, la llave que sostiene en su pico. Para abrir sólo tienes que extender las manos y… Si fuera cierto, también lo sería que al salir estarás loco. Sin embargo, esa puerta parece el único camino: a tu espalda el vacío del desierto, un desierto que ha existido lo suficiente como para no ser un sueño. Cierras los ojos, elevas las manos, y sientes el peso frío de la llave.

Entras, dos centinelas custodian las puertas, esperas que crucen sus lanzas en señal de alto, pero no se mueven. Pasas entre ellos, descubres que es la lanza la que les sostiene, mientras respiran de forma tranquila y acompasada.
Al doblar la esquina te sale al encuentro a un carro tirado por caballos al galope, te apartas de un salto, silencio, el carro estático, las patas de los caballos detenidas en el aire. Acaricias el más cercano, está caliente. Sobre el pescante un hombre, el brazo levantado, el látigo al viento, los ojos cerrados.

Llegas a una plaza guiado por el sonido del agua, en el centro la fuente, al borde una mujer sostiene un cántaro, el agua rebosa incesante, meciendo las algas que cuelgan de sus manos.
Avanzas guiado por la brisa hasta el castillo, sus puertas abiertas están custodiadas por dos antorchas encendidas. Te detienes, las llamas suenan movidas por el viento. Caminas entre los soldados, cortesanos, pajes. Llegas a la sala del trono, en el centro un grupo de músicos sostiene sus instrumentos y unos bailarines duermen al ritmo de su melodía silenciosa.

En el trono el rey sonríe, la mano levantada. Su gesto, indica la cámara del tesoro. El suelo es de mármol blanco y negro, en el centro reposa un gran libro de tapas de cuero. Lo tocas y flota hasta ponerse a tu altura, se abre, pasas sus páginas rugosas y encuentras una ilustración de colores vivos. El dibujo representa un desierto iluminado por el sol de la tarde. En la siguiente descubres un hombre frente a las puertas de una muralla haciendo un cuenco con las manos, en la siguiente el hombre atraviesa entre dos centinelas.

Cierras el libro que cae al suelo. El eco del golpe se extiende por el palacio, después, silencio. Quieres correr, pero tus pies no responden, en ese momento, escuchas con claridad el sonido de unos pasos a tu espalda.

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Gracias a Sara por esta fotaza que me cedió para el cartel

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